Amor, Literatura, Romántico

Amanecer con Luna

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Estaba sentado en el patio con una taza de café caliente y humeante entre las manos, mirando fijamente el líquido negro y excitante, tomándolo sorbo a sorbo. Había madrugado mucho, tenía le piel erizada por el fresco de la noche que acababa. La luna llena reinaba aún en el cielo, mientras su consorte, el sol, anunciaba su llegada con un tímido resplandor en el horizonte, pintando de rosa las escasas nubes de aquel día primaveral que estaba a punto de comenzar.

Aquella mañana estaba decidido a acabar ya con el sufrimiento de los días anteriores, pues estaba convencido de que su pena era totalmente estéril y, como tal, no le conduciría a ningún sitio. Ya había pasado por aquello en otras ocasiones y sabía que, esforzándose, la pena pasaría, el sufrimiento se iría y las heridas del amor sanarían en un corazón como el suyo, marcado de cicatrices.

El sol asomaba ya la mitad de su ardiente envergadura, atenuando la visión de la luna, que remoloneaba en el cielo, insomne, lejos aún de las montañas tras las cuales le esperaba una nueva y lejana noche.

El café estaba consiguiendo su propósito y él se iba desperezando y sintiéndose cada vez con más ganas de afrontar el nuevo día. Un día que tenía que traer un punto de inflexión para su estado de ánimo, no podía seguir compadeciéndose a sí mismo, revolcándose en el merengue de ilusiones pasadas, de proyectos inacabados, de palabras sin pronunciar, de besos que no se dieron. Estaba allí decidido a aceptar el final de aquel amor, un amor casi sin usar al que había dado la misma credibilidad que a aquel sol que comenzaba a bañar su piel y a desencrespar el vello de sus brazos desnudos.

Los últimos días se había estado torturando a sí mismo con el recuerdo de las señales que creyó ver al principio de aquella relación acabada; había pinchado su corazón rememorando la dicha de los días de alegría compartida; se había lacerado con la emoción, la ilusión y la chispa que imaginó en los ojos almendrados en los que se había mirado tantas veces, buscando un amor que no llegó, que se hundió en el momento de botarlo; su mente le había estado dando latigazos que traían la risa fresca, el roce de la piel, el calor del abrazo, la complicidad y el cariño que hasta hacía poco venían de la mano de la que ahora no era más que un recuerdo. Un recuerdo que tenía que luchar por superar. Era una lucha a muerte: su recuerdo o él.

El sol, bajo la mirada de la Luna Llena que, coqueta, retrasaba su partida, gobernaba ya por entero los cielos y calentaba las plantas del patio, sacando amorfos destellos acuosos de las resbaladizas gotas de rocío que se dejaban caer por las hojas, cual niños riendo deslizándose por un tobogán. Aquella imagen trajo a su mente la actividad de regar, con la que disfrutaba enormemente y que siempre le resultaba relajante y se dispuso a ello.

El tiempo en que estuvo enamorado no había disfrutado de aquella ni de ninguna otra labor, todo lo que hacía sin ella era sólo un trámite, un espacio vacío, una espera eterna hasta que llegaba el momento del encuentro. Por aquel amor se había privado de cosas en cuyo ejercicio siempre se había regocijado, y no sólo eso, había apartado de su lado a algunas viejas amistades y había rehusado varios encuentros familiares, todo por amor, por rebozarse masoquistamente en la ansiosa espera de volverla a ver.

Había dejado de ser feliz, voluntariamente, a cambio de una vida basada en la incertidumbre, en la duda, en un temblor de agujas de reloj en el que cada minuto podría ser el minuto en que ella llamase. Le resultaba duro aceptarlo, pero jamás fue tan infeliz como cuando estuvo enamorado.

El agua, desbordando las macetas, corría libre por las grietas del suelo del patio. El Sol le daba de lleno en la cabeza, lo que era bueno, así su mente se adormecería y los recuerdos no le importunarían demasiado. La luna lo miraba todo de lejos, retirándose despacio, quizás esperando a cerciorarse de que él, al que había visto paseando insomne en las noches anteriores, vencía en aquella lucha y seguía su camino hacia delante libre de cadenas.

Recordó algunas sonrisas desconocidas a las que no prestó atención mientras estaba inmerso en la espera de aquel amor unilateral, a su mente llegaron las miradas insinuantes de pupilas curiosas y sensuales que se habían fijado en él, quien no veía más allá de aquel amor obsesivo, de aquellos ojos almendrados donde creyó ver pasión y ternura y en los que finalmente sólo encontró desdén e indiferencia.

Al final todo se le fue de las manos, se dejó llevar por la situación, dejó de lado su propio sentir, acabando por mirarse únicamente en los ojos de ella, tratando de acaparar todo su tiempo, escudriñando en ella las señales que le dijeran de qué manera debía sentirse, buscando en ella el cariño que debía de tenerse a sí mismo.

Pero ya había llegado a su límite, aquel día debía de empezar todo de nuevo, con el agua que era fuente de vida, con el sol soporífero que calmaba el pensamiento, con la luna que dominaba las mareas y traía luz y poesía a la noche, con las plantas que parecían estar más alegres aquel día sintiendo que las regaban de forma consciente.

Toda la naturaleza seguía adelante, sin recuerdos, sin pasado, sin proyectos futuros, sin más ilusión que la emoción de estar viviendo cada momento. El ir y venir del Sol y la Luna, la sucesión de los días, las semanas, las estaciones y los años, todo recordándole que el mundo no paraba por nada ni por nadie, que todo seguía adelante inexorablemente, haciéndole ver que lo realmente importante era inamovible, inalterable, de tal forma que se sintió reconfortado al comprender que él ya estaba allí para verlo todo antes de que aquel amor, del que ahora trataba de distanciarse, llegara, que hubo en su vida otros ojos aparte de los almendrados y que, probablemente, habría otros más esperándole en otro punto del camino, y allí estarían la luna y el sol para ser testigos de su amor o desamor llegado el momento.

Y así, armándose de valor, decidió dar paso a un día nuevo en el que iba a vivir casi sin darse cuenta, tratando cada circunstancia en el momento en que se presentara, sin condicionamientos por el pasado ni miedos ante el porvenir.

El agua enlodaba la tierra que el Sol calentaba mientras que la luna, que parecía sonreír, se escondía ya tras las montañas y él se preparaba para salir a pasear, responder a cada sonrisa desconocida con amabilidad y darle una oportunidad a cada mirada curiosa.

4 comentarios en “Amanecer con Luna”

  1. Me gustó tu escrito, desde que lo empecé no me pude desprender, me encantó ese juego djamás fue tan infeliz como cuando estuvo enamorado.e la Luna y el Sol, pero con lo que me quedo es con:
    “jamás fue tan infeliz como cuando estuvo enamorado”. A veces pasa.

    Abrazo de luz.

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  2. Terrible, Antonio! Terrible de triste sentir que “jamás fue tan infeliz como cuando estuvo enamorado” y terrible de bueno “dar paso a un día nuevo en el que iba a vivir casi sin darse cuenta, tratando cada circunstancia en el momento en que se presentara”.

    Salud!

    Le gusta a 1 persona

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