Literatura, Romántico

Desde mi Ventana

Hoy el frío y la pereza invitan a la inmovilidad, a mirar por la ventana, a dejarse llevar, de la mano de la memoria, por los recuerdos de otros inviernos que pasaron, como pasará este que llega ahora y que será primero un recuerdo, luego nada.

Desde mi Ventana:

nieve ciudad

La veo pasar desde mi ventana, en la figura de los niños jugando con la nieve mientras cargan con sus carteras llenas de libros, que les ayudarán a aprender todo lo prescindible; la veo en las parejas de jóvenes enamorados, que intercambian besos en las esquinas, sintiendo el dolor de la ausencia en sus labios en el momento de la despedida; la veo en el caminar rápido de los ejecutivos de frentes arrugadas y maletines de cuero, en los monos azules y las manos encallecidas de los currantes y en los sombreros boca arriba que interrumpen el tránsito en las aceras, llamando la atención de los viandantes, que pueden acallar sus conciencias por un tiempo y por unas pocas monedas que ayudarán a comprar el vino que caliente el estómago y el ánimo del vagabundo.

Desde mi ventana parezco sólo un espectador, pero la vida también tiene lugar aquí dentro, en el café humeante de la cocina, en mi vieja perrita tísica buscando el calor del radiador para hacerse una bola frente a él, en los mensajes que me llegan a través del móvil, ese artefacto con el que juego a engañar a la soledad, que hasta hace unos años no era ni siquiera una posibilidad y ahora se ha convertido en un complemento indispensable de mi vida, de todas las vidas.

Hace frío afuera, la alfombra blanca de nieve que cubre las calles así lo atestigua. La gente se encoge en sus abrigos, rescatados del exilio al que parecían haber sido condenados a perpetuidad y del que hoy salen impregnando el aire con su olor a alcanfor.

Aquí me espera el sillón, una temperatura agradable, el café humeante, mi soledad, un libro a medias y otro por empezar. La vida pasa afuera, pero también aquí dentro, de otra manera, a otro ritmo, más suave, más lento, más solo, pero pasa.

Echo de menos quizás algunos momentos vividos aquí antes: tus ojos almendrados, tu piel suave del color de la canela, tu pelo liso enredándose entre mis dedos, tu mirada, tan profunda, tan tierna, tan tuya. Fuiste pasado en mi vida, en esta casa, que guarda también otros recuerdos además del tuyo, que por reciente llena aún mi memoria y asalta mi ánimo a traición y por la espalda.

Se fueron tus ojos almendrados, como se irá este invierno tardío y volverán los abrigos a la compañía de las bolitas de alcanfor en los armarios. Nada permanece. La vida continúa, pese a todo, pese a ti, pese a mi, inexorable, imparable, llevándose nuestros recuerdos y nuestro paso por ella.

En un futuro no muy lejano, nadie se acordará de nosotros. Nada quedará del paso por la vida de mi vieja perrita tísica, que también fue joven y juguetona antes. Nadie habrá para acordarse de mi. Nadie, ni siquiera yo, se acordará de tus ojos almendrados, esos que mi memoria ha rescatado hoy para llenar mi mañana con tu recuerdo.

La vida seguirá adelante, sin nosotros, y habrá otros ojos almendrados parecidos a los tuyos, que serán también recuerdo de algún otro solitario semejante a mi, que jugará a ser espectador de una vida que verá pasar a través de otra ventana similar a esta.

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