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Navidad

Cuando el calendario va marcando estas fechas, es inevitable pensar en la Navidad, imaginar encuentros y fantasear con el disfrute de la felicidad que sólo da la familia.

Por eso hoy, aprovechando mi día de descanso para dar un paseo matutino por mi ciudad de adopción, donde todo está lleno ya de luces y de referencia navideñas, fui armando en mi mente este relato, que me hizo volver a casa para darle vida sobre el papel.

Navidad

Navidad:

Me despierto por la mañana con un dulce aroma inundando los cuartos y abriendo el apetito. Es el olor a canela, aguardiente, almendras fritas y azúcar tostado que mora en todas las navidades en mi familia.

Las mayores llevan días confeccionando dulces navideños en el horno de la cocina, que se ha convertido en la estancia principal de la casa, donde se habla sin parar de navidades pasadas y se repiten las mismas viejas anécdotas que, año tras año, llegan acompañadas de las mismas risas, sinceras y entrañables.

El tío Jaime, que disfruta hoy de uno de los pocos días al año en que no sale a trabajar al campo, sigue todo desde su mecedora junto a la chimenea, esbozando de cuando en cuando una sonrisa y dándole tientos cortos a su copa de anís.

Los benjamines desayunamos los últimos y, mientras la abuela nos calienta el chocolate líquido, el primo Andrés tira de las trenzas a la prima Laura, que le responde con un mojicón.

Después del atracón de churros, que los tíos han ido a buscar al pueblo de al lado, y aprovechando que este año hace buen tiempo, salimos todos los primos al patio, los más pequeños a jugar y, los que como yo, ya estamos cercanos a ser hombres, a hablar de nuestros estudios y de nuestros primeros desengaños amorosos.

La vida, que durante el resto del año pasa con prisa y casi sin darnos cuenta, parece haberse detenido en estos días y en esta vieja casa familiar, donde las comidas son copiosas y el vino abundante, donde se habla poco de política y mucho de nosotros, de los que estamos presentes y de los ausentes, a los que recordamos sin pena, tan sólo permitiéndonos un poco de sana nostalgia.

Tras la comida se impone una breve siesta en el salón, donde cada uno busca su sitio, los más rápidos en los sillones, los segundos en las hamacas y los últimos sentados sobre un cojín o acurrucados bajo la mesa, junto al brasero.

Casi no nos da tiempo a cerrar los ojos cuando nos despierta un nuevo trajín en la cocina. Está preparándose la cena de Noche Buena.

Salvo el tío Jaime, que ha vuelto a recuperar su sitio en la mecedora junto a la chimenea, su actitud contemplativa y la botella de anís, que ve menguar su caudal, todos quieren colaborar en la elaboración de la cena, lo que convierte la cocina en un caos de bandejas anárquicas, platos sucios y conversaciones cruzadas.

La última preparación corresponde, como cada año, a la tía Herminia, quien se apropia de los dulces navideños, repartiéndolos en dos bandejas y dejándolas tapadas sobre la nevera de la cocina, a la espera de que llegue el momento de la sobremesa.

Antes de la cena los más jóvenes aprovechamos la indulgencia de que gozamos hoy y, a pesar de que no hemos aprendido aún a degustarlo, fingimos disfrutar con una copa de vino, que nos colorea las mejillas y que hace reír sin parar al primo Pedro.

Luego hay que preparar el comedor: dos grandes mesas en cada extremo y un largo tablón sujeto por caballetes entre ellas darán soporte a la cena navideña, para la que la abuela saca los manteles bordados y su mejor vajilla.

A eso de las ocho o las nueve ya está todo preparado, pero esperamos pacientemente, como cada año, al primo Luis, que siempre llega el último a estas reuniones, pues su trabajo como camarero le reclama siempre todos los festivos. Viene acompañado, como todas las Noche Buenas, de Rafael, su jefe en el restaurante, que no tiene una familia con la que reunirse y que suma uno más en la nuestra esta noche.

Cuando por fin estamos todos empieza el desfile de aperitivos, que en un principio acalla las conversaciones, hasta que el hambre más urgente es aplacado y la cena se convierte ya en una conversación animada, donde cada cual aprovecha la pérdida del turno de palabra para llevarse un bocado a la boca o tomar un sorbo de su copa.

Está saliendo de la cocina la bandeja con la carne asada, cuando me quedo mirando la silla vacía que la abuela siempre se empeña en colocar junto a la mesa por si aparece alguien imprevisto a última hora. En ese momento suena el timbre y entra la viuda de Ramírez, que vive en otra casona un poco más abajo y que pone como excusa la búsqueda de su gato, que alega haber perdido, para sentarse a la mesa sin apenas oponer resistencia, agradecida por encontrar calor y conversación.

Luego, cuando todos hemos aflojado nuestras correas y los cristales de las ventanas acumulan un dedo de vaho, el tío Eduardo saca su guitarra y empieza a entonar una conocida música navideña. Los demás niegan con la cabeza y le dicen que pare, luego ríen y, al poco rato, la abuela aparece con zambombas y panderetas y acabamos todos cantando villancicos.

Ahora sí que es Navidad de verdad, pienso, mientras observo al tío Jaime, con los mofletes rojos e hinchados, restregando con un tenedor el rugoso casco de la botella vacía de anís, tratando de no perder el ritmo.

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