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Atardeceres Desmemoriados

Son esos atardeceres que vivieron aquellos que ya se fueron, algunos olvidados para siempre, otros recordados en pequeñas historias como esta, transmitidas de boca a oreja, que han ido ganando en fantasía y romanticismo con cada intermediario.

Ruinas

Atardeceres Desmemoriados:

Angustias había sido la hija única del mayor terrateniente de la comarca. Querida, mimada y protegida, vivía en una pompa de jabón, sumisa y consecuente con su destino de joven ufana y obediente, a la espera de conocer al futuro esposo que sus padres, en su buen juicio, elegirían para ella de entre los más ricos y prometedores jóvenes de Andalucía.

Ella avanzaba, sin cuestionarse nada, hacia una vida como la de su madre: tranquila, sosegada, llena de paseos matutinos por los alrededores del cortijo, de tardes de manzanilla, cuidados corporales y lecturas fantasiosas y románticas, que azuzarían su imaginación y le harían fantasear con un mundo distinto, del que renegaría cada vez que cerrara un libro y volviera a su mundo conocido, estático, inquebrantable e insalvable.

Exclusivos profesores privados, férreas institutrices y condescendientes amas de llaves habían ayudado a Angustias a expandir sus conocimientos, a poner en orden sus pensamientos, jerarquizándolos, y a lidiar con las emociones, que sabía mantener a raya.

Era capaz también de dominar sus sentimientos, al menos los que le eran conocidos, pues a su corta edad aún desconocía el amor y sus manifestaciones, ante el que había sido prevenida y confiaba en su disciplina y en su fuerza de voluntad para dominarlo llegado el momento.

Estaba preparada para una vida tranquila, rodeada de personas amables e indulgentes, que se dirigirían a ella con respeto y devoción, preparada para encarar un matrimonio de conveniencia, preparada para ser una esposa ejemplar, preparada para una vida sin amor.

Para lo que sin duda no estaba preparada era para Santiago, el nuevo guardia rural destinado a aquellas latitudes, que con sus vanidosos ojos marrones, con su flequillo moreno y su orgulloso bigote supo ganarse la atención de Angustias desde el primer momento.

Luego, la juventud, con su ímpetu imparable, se encargó de lo demás, de hacerles coincidir casi por casualidad cada vez que ella quedaba libre de la vigilancia familiar, de poner en sus bocas primero palabras tímidas de adulación y agasajo, después confidencias y anhelos, al final ardorosas palabras de amor que el tiempo y la repetición se encargó de engrandecer y de poner en movimiento, convirtiendo su amor en acto, en delirio, en deseo, en un creciente sentimiento sin vuelta atrás.

Cuando Angustias, en su ingenuidad, acudió a sus progenitores a plantear sus sentimientos por el joven guarda, obviando, claro está, la parte carnal, su ilusión y su esperanza se toparon con una incomprensión y una severidad tales que se encargaron de que Santiago fuera destinado al norte de España y de que Angustias fuera recluida en su habitación mientras le durara el enojo y la amargura.

Los amantes habían planeado que, ante una hipotética situación como la que se les presentaba, se encontrarían al atardecer en la parte trasera del cortijo y, juntos, huirían a buscar un lugar lejos de todo, donde dar comienzo a su vida en común. Sin embargo, ni Santiago pudo llegar hasta la tapia trasera del caserón, interceptado por brazos mercenarios, pagados con el dinero del padre de Angustias, ni ésta pudo escapar de su cautiverio.

Después de varios intentos infructuosos de llegar hasta Angustias, Santiago, resignado y vencido, desapareció de la comarca y asumió su nuevo destino en el norte, donde con el tiempo y la ayuda de unos ojos azules, que volvieron a despertar el amor en él, fue capaz de iniciar una nueva vida y de formar una familia.

De esa forma, Angustias quedaba como único testigo del amor que se tuvieron, al que no pensaba renunciar, y al que, una vez libre de su cautiverio, dedicó sus días, su tiempo y sus energías. Convirtiendo todo en su vida un mérito trámite para llegar a las puestas de sol, a las que acudía cada tarde esperanzada en un reencuentro que la luna, inmisericorde, le negaba cada noche.

Su cabeza fue olvidando todo lo aprendido en su juventud y, con el paso de los años, sus padres renunciaron a todo intento de devolverle la lucidez, perdida entre las hileras de olivos y de almendros que podía divisar desde su lugar en la parte de atrás del cortijo, entre los cuales se afanaba en buscar la silueta de un Santiago, libertador, dirigiéndose hacia ella, prometiendo futuro y caricias.

Ajena a todo lo que no tuviera que ver con las puestas de sol, no se percató, o no quiso prestar atención, a cómo fue desapareciendo la vida poco a poco del cortijo. Primero fallecieron sus padres, luego, fueron abandonando el lugar, poco a poco, los sirvientes, dejando los campos sin labrar, a merced de las malas hierbas, que fueron taponando caminos y escondiendo su delirio del mundo.

En su soledad se alimentaba de esperanzas, tierra e insectos, lo que fue cerrando su estómago y aumentando aún más su alienación y su olvido de las normas de los hombres.

En su locura fue incapaz de reconocer a Santiago, quien, en los aledaños de la vejez, empujado por la curiosidad y liberado de su matrimonio por la viudedad, quiso conocer el destino de la mujer que ocupó su corazón durante gran parte de su juventud.

Aquel hombre, viejo, calvo, de traje gris y andares torpes, al que despidió con los gritos y los sonidos guturales que, por los años de desuso, habían desplazado a su capacidad de hablar, no era el Santiago que ella estaba esperando: altivo, de flequillo moreno, orgulloso bigote y ojos vanidosos.

Así, ella continuó esperando al amor cada atardecer junto a la parte de atrás de su cortijo, ajena al mundo y al paso del tiempo, que se llevó su vida una madrugada mientras dormía, convirtiendo su amor en un recuerdo que aún vive en las leyendas populares.

El cortijo donde vivía Angustias, del que ya sólo quedan las ruinas y su leyenda, no queda lejos de donde vivo, y hay días como hoy, en que siento mi pecho presa de un sentimiento que me llena por entero, un amor como el de ella, sin un cuerpo en el que vertirse; son días de honda nostalgia, días de un romanticismo fantasioso acrecentado por la soledad, en que me gusta visitar el lugar donde Angustias nació, vivió y murió, ajena e indiferente al resto del mundo.

Allí, si uno se queda en silencio a la hora de la puesta de sol, puede sentir todavía como el amor se prepara para ver acabar el día, esperando un reencuentro que nunca llegará.

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