Literatura, Sin categoría

Verano Andaluz

En estos días en que uno busca escapar del frío refugiándose bajo mantas y braseros, es normal cerrar los ojos y pensar con añoranza en el sur y en el verano.

Pueblo Blanco

Verano Andaluz

Olivos centenarios de troncos arrugados, liberados año tras año del peso de su fruto por las manos encallecidas de varias generaciones de vidas entregadas al campo y a sus cuidados, dan la bienvenida a la tierra de mis raíces, donde viejas casas vestidas de blanco impoluto se esparcen por ambas laderas de una colina, dando una forma peculiar al trazo despreocupado y onírico que ocupa el pueblo donde habitan unos pocos afortunados, que han aprendido a acabar la jornada laboral bajo la protectora sombra de los parrales, con un vaso de vino apaciguando el pensamiento, mientras dejan descansar sus trabajados huesos sobre la hamaca que mece sus sueños.

Yo sueño con esos días de verano, bajo la sombra del parral, escuchando el roce de tu pincel sobre el lienzo que recibe, generoso y agradecido, tu última y mejor pintura.

Imagino tu pelo, dorado, arrancándole destellos al sol de Andalucía. Veo tus ojos brillar con el fuego de la creación y, obligados por el peso de mi mirada, fija siempre en ti, volverse hacia mi, y tu leve sonrisa remueve un fuego en mi interior.

Cerrando los ojos casi puedo saborear los mediodías estivales en tu compañía. Luz. Miradas. Sobre la mesa queso, pan y vino, tintando y soltando nuestras lenguas en suaves conversaciones, distendidas y eternas.

Tras la comida llega la reparadora siesta, impuesta por el calor plomizo de la tarde, que no impide que nuestros cuerpos se mezclen, intercambiando sudorosas palabras febriles de amor y deseo, mientras por la ventana del dormitorio, abierta al campo y a la vida, se cuela el insufrible canto nupcial de las chicharras.

Después toca desperezarse y prepararse para una de esas eternas tardes de verano en el sur. Llega la ducha, el perfume, los paseos por la calle principal hasta la plaza. Las mujeres con sus cubos de agua bardenado las puertas, refrescando el ambiente, animando a salir. Detrás de los cubos llegan las hamacas, los abanicos, los abuelillos con su periódico releído y sus discursos familiares, repetidos, nostálgicos e interminables.

Los niños, con sus bocadillos, se pierden calle abajo, buscándose unos a otros puerta por puerta, hasta formar piña, alborotando un poco amparándose en la inmunidad que les da su corta edad.

Tú y yo regresamos a casa, al fresquito de la noche que empieza, al cielo limpio y estrellado, a la lectura, a la escritura, a los sonidos de la noche en el campo andaluz, al tacto de tu pelo enredándose entre mis dedos, a tu cuello expuesto, provocador, sensual. Regresamos al amor y a la vida.

Imagino todo eso y, con los ojos cerrados, el recuerdo del verano en Andalucía me arranca suspiros, sonrisas y rubores por igual.

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