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Los que Quedamos

Los que Quedamos

Los que Quedamos:

Aquí, desde mi balcón, tengo la sensación de que todo continúa igual que siempre. Sin embargo, todo está más viejo, más solitario y ajado, como yo mismo, como mis ojos, tan acostumbrados al paisaje que se han vuelto incapaces de percibir el paso del tiempo y de ceder ante la realidad de una decadencia paulatina.

El pueblo sigue siendo el mismo. Sus casas continúan ocupando la misma ladera de la montaña, pero su blanco es más ocre, más rasgado. En su interior no habita el trasiego y la felicidad de la infancia compartida, sino la soledad de una vejez sin horas, sin palabras y sin oídos.

Sus calles, en otro tiempo llenas de juventud, de risas, de voces, y de ojos curiosos acechando tras las ventanas, de los que huían los primeros amores, inocentes, curiosos, juguetones, que escondían su urgencia y sus besos tras esquinas oscuras o bajo balcones cómplices.

La vida que habitaba en este pueblo hace tiempo que cambió de velocidad, de intensidad y de forma, volviéndose lenta, espesa y solitaria.

Los que quedamos nos resistimos a marchar, obligados por nuestro tesón de perdurar, con la intención de servir como testimonio de un pasado mejor que una vez campó por estas calles y habitó en estas casas, que han visto menguar su aforo por culpa de falsas promesas de prosperidad y bienestar que llegaron de grises focos industriales, urbanos, desalmados y apátridas, que se llevaron el futuro y se ganaron la confianza de los jóvenes del pueblo, ingenuos y entusiastas que, ansiosos por vivir nuevas experiencias, no dudaron en emplear sus esfuerzos y sus vidas en cadenas de montaje, calderas, oficinas frías y ordenadores impersonales, que acabaron por robarles las ganas, el empuje y la juventud, que se les fue en busca de un dorado que resultó ser de un marrón tirando a gris.

Los que quedamos soñamos con los que se fueron y añoramos su compañía, aunque sabemos que ya no son los mismos. Los que se fueron sueñan con volver, aunque saben que es sólo un sueño, pues la engañosa promesa que se los llevó los ha absorbido ya por completo. Nada queda en ellos de aquellos jóvenes impetuosos y apasionados que abandonaron estas blancas casas a su suerte y a sus arrugas.

La misma vida que a ellos los ha cambiado y mimetizado con un mundo ajeno, a nosotros nos ha fundido con el destino de este pueblo que, aún menguado, envejecido y rugoso, contiene vida y guarda, celoso, las risas del pasado, esperando encontrar eco en una nueva generación de pobladores, que se atrevan a entregarse a la aventura de una vida de verdad, rural y compartida. Hasta entonces estaremos nosotros aquí, guardando los secretos de la felicidad para los que se animen a venir a por ellos.

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