Amor, Literatura, Romántico, Sin categoría

El Amor no es Para Mi

Hoy he querido rescatar este relato del exilio al que estaba condenado en el cajón de los escritos relegados al olvido.
Lo escribí hace ya algún tiempo, una mañana agradecida de primavera, en la playa de Salobreña, Granada. Por compañía un cuaderno, un boli, las gabiotas y pequeños grupos esporádicos de ufanos y relajados bañistas.


Salobreña
El Amor no es Para Mi:

Me encuentro ensimismado, con los ojos entrecerrados, mirando allá a lo lejos, a la línea donde se juntan el cielo y el mar, sentado sobre la arena de la playa, en este día sosegado, sin viento, en el que las olas van y vienen plácidamente. Tengo la cabeza descansando entre mis manos y el pensamiento tranquilo y sereno de quien ha terminado por aceptarse a sí mismo.

Escucho el pasar lento de las hojas de un libro que está leyendo alguien cerca de mí. Entre el horizonte y mi mirada se cruza un cuerpo de mujer, moreno, bronceado, de pelo largo rizado y ojos oscuros, que viene caminando hacia mi con andares de reina, dejándome admirar su tersa figura conforme va acercándose. Cuando está a sólo unos pasos, sonriente, fija en mí su mirada y veo sus ojos brillar de emoción y cariño sólo un segundo, lo que tarda en darse cuenta de su equivocación, hacer un gesto extraño y salir corriendo en otra dirección, donde debe estar esperándola la persona a quien iba dirigida aquella mirada de amor.

Me río de mí mismo y de mi suerte, pues siempre sucedió así conmigo, el amor sólo me llegó en contadas ocasiones, por equivocación y por tiempo reducido.

El sol parece querer demostrar con su intensidad que él es quien gobierna los cielos, el mismo sol que deslumbró y confundió hace un momento a la mujer morena, el mismo sol que calienta mi cabeza y trata de adormecer mis pensamientos sin lograrlo, pero consiguiendo, eso sí, que éstos vayan más lentos, dándome tiempo a verlos pasar y a reflexionar pausadamente sobre ellos.

Hay una pareja joven tumbada cerca de mi que lleva toda la mañana prodigándose manifestaciones de cariño. De vez en cuando me quedo embobado mirándoles, envidioso, pero sin rencor, imaginando cómo sería disfrutar, en este momento y en este lugar, de un amor así.

Desde mi adolescencia veía pasar las horas fantaseando con un amor que tardaba en llegar, imaginando los juegos de manos con los que mis amigos pasaban las tardes en los parques.

Durante mi juventud veía como otros coqueteaban con el amor, cambiándole la procedencia, la edad y las facciones, quejándose de la dependencia y de la falta de tiempo que les suponían sus relaciones, mientras yo seguía esperando mi turno.

Fueron pasando los años y, aunque surgió algún atisbo de contacto con el amor, nada que soportara el paso del tiempo. Mis romances terminaban antes de empezar, dejando siempre tras de sí, cual caballo de Atila, una estela de sufrimiento, soledad y desamparo.

Lo único bueno que he sacado del amor es que, una vez que tomé conciencia de la inconsistencia y de lo efímero de mis relaciones, y aún habiendo sudado cada beso que me han dado y peleado por cada caricia, aprendí a disfrutar de cada segundo vivido en compañía y a aceptar como un regalo cada vez que hice el amor, sacándole el máximo jugo a cada momento.

Bajo este sol que acolcha la mente, no me hace daño pensar estas cosas, no me duele la inexistencia de otra toalla extendida junto a la mía, no me angustia la ausencia de unas manos femeninas descansando sobre mi piel. Me mentiría a mi mismo si negara que me gustaría, pues es cierto que me encantaría tener un cuerpo de mujer tendido ahora mismo a mi lado, disfrutando de este maravilloso día de playa que, vivido en compañía, podría ser un marco perfecto para el amor, para las confidencias y las muestras de cariño, y que, al contrario, vivido en soledad, se torna melancólico y reflexivo.

Desearía descansar mi mirada en otros ojos, pero ya he aceptado que el amor no es para mí, me he acostumbrado, o mejor dicho, el tiempo y la evidencia, me han acostumbrado al transcurrir en soledad de estos y de otros momentos.

Por eso sería demasiado cruel conmigo mismo si dejara girar mi mundo en torno a un sentimiento cuya manifestación se me niega. Tiene que haber otras cosas además del amor, debo creer que las hay y he de obligarme a buscarlas.

En otro tiempo pensé que podría fingir un amor, encontrar a una mujer solitaria, como yo, y tratar de inventar algo parecido. Pero no sería real, sería como comparar un fruto ecológico y uno de invernadero, el primero sembrado en su tiempo, regado y abonado con cuidado y recolectado en su punto justo de madurez, el segundo sembrado bajo plásticos que alteran el clima, regado con cuentagotas y cosechado a destiempo. El primero natural y sabroso, el segundo artificial e insípido. No quiero nada artificial en mi vida.

Los amores fingidos son amores de invernadero.

Una sonrisa cómica se dibuja en mi cara al darme cuenta de que el sol, además de adormecerlos, hace divagar mis pensamientos y los enreda en un discurrir agrario de comparaciones hortofrutícolas.

Otro discurrir, el del sonido de mis tripas, me recuerda que pronto será la hora de comer. Voy a buscar un sitio bonito para hacerlo y a disfrutar de una buena comida, pues ese es uno de los placeres que me puedo permitir sin necesidad del amor. Aunque quizás, con alguien mirándome enfrente, la comida sería más agradable, con cada bocado estaría saboreando el próximo beso, y con cada sorbo de vino estaría anticipando caricias.

Pero la comida en sí ya es un placer, y si con eso no me basta, luego puedo volver aquí, a esta playa tranquila a dejar que el vaivén lento de las olas retrasen el tiempo y me acunen en una siesta de sueño tranquilo, un sueño que quizás me traiga el recuerdo de los placeres del amor, de los besos que di y de los que no di, un sueño que quizás me haga sentir caricias, el roce de unos labios, el aliento y el sudor de un cuerpo femenino, todo lo que no siento cuando estoy consciente.

Y si despierto desconcertado, con el alma encogida y el corazón pinchado por un amor soñado, por unos ojos ilusorios, por un cuerpo imaginado, si despierto con la certeza de la soledad impuesta y con el ansia de sentir otras manos tocando las mías, entonces puedo recurrir a un amor de saldo, buscar unos besos comprados, pagar unas caricias y escuchar falsas palabras de amor mercenarias. Podría, pero sería una mentira, un engaño en el que refugiarme, una falsedad a la que acudir mendigando unas migajas de cariño, un embuste en el que perderme por un rato, pero que acabaría, dejándome en el mismo estado en el que estoy ahora: solo y sin amor.

El amor no es para mí, lo sé, y sin embargo, siempre ha tenido un gran influencia en mi vida, aún sin haberlo disfrutado me he pasado el tiempo corriendo tras su sombra, incluso sin haber sido correspondido ha llenado por entero mis días y mis noches, ha actuado como un compañero callado y celoso, viajando a mi lado, mostrándome, siempre de lejos, una cara dulce de la vida que en raras ocasiones me ha sido permitido probar. El amor no es para mí, lo sé, y sin embrago…

El sol sigue calentando, el sonido de mis tripas ha cesado aún cuando se me ha pasado la hora de comer sin haber probado bocado, pues me siento tan cansado y adherido a esta arena que soy incapaz de levantarme. A lo lejos veo a unos chavales jugando con un balón junto a la orilla de la playa. Esa es otra de las cosas en las que puedo deleitarme y a las que me puedo aferrar: la amistad.

Siempre he disfrutado mucho con la camaradería y las buenas amistades; una buena charla, una botella de vino compartida, la puesta en común de las esperanzas, los anhelos y los particularidades de cada uno.

Gozar de la amistad, de una buena mesa, de una copa de vino, de la siesta de por la tarde y del sueño nocturno, esos serán mis placeres, pues ya que el amor hace oídos sordos a mis llamadas, debo olvidarme de él de la forma que me resulte menos dolorosa, escudándome en el disfrute de los pequeños placeres de la vida.

Mi pensamiento me juega una mala pasada y trae una pregunta a mi mente: “¿y si aún sin esperarlo aparece de improviso el amor en mi vida?” No, sé que eso no ocurrirá, ya gasté mucho tiempo aguardando a que eso sucediera, imaginando caricias, soñando con futuros compartidos, y sólo me sobrevinieron amores unilaterales, que venían acompañados por quebraderos de cabeza, noches de insomnio y días de angustia esperando una llamada que no llegaba. Esa pregunta es una trampa de mi mente para que siga todo igual, para que me gaste en tareas infructuosas esperando un amor que no vendrá, no de manera correspondida. Pues el amor se me fue casi siempre como llegó: sin usar.

A mi mente llegan ahora las imágenes de las mujeres a las que amé, a ninguna le guardo rencor, pues cada una de ellas marcó una etapa de mi vida. Hubo incluso alguna que se apiadó de mi y me regaló un tiempo breve de placer y de sentimientos compartidos, algo que quizás para ellas fuera sólo una historia entre tantas otras, pero que sin embargo, para mi, se convirtieron en vivencias que atesoro en mi corazón, de las que guardo, celoso, cada segundo. Momentos custodiados por la memoria a los que a veces me agarro para recordarme a mi mismo que no todo fue perder, que hubo también buenos ratos, risas, caricias y besos.

Me acuerdo ahora de los finales, invariablemente traumáticos para mi, ya que yo nunca terminé un amor, a mí siempre se me acabaron sin preguntarme, dejándome ansioso, depresivo, buscando la manera de volver a acercarme, humillándome hasta despreciarme a mi mismo, suplicando, dispuesto a todo por un tal vez.

La tarde va pasando y el sol va quemando cada vez un poco menos. La gente comienza a recoger sus cosas y a preparar la vuelta a sus casas, donde les esperara la familia, la cena, el sillón y la televisión. A mi no me espera nada ni nadie. Estoy solo en esta playa. Me siento cansado, muy cansado, sin ganas de levantarme ni de marcharme. Parece como si hoy se hubiera detenido el tiempo para mi, pues las horas se me han pasado sin darme cuenta, escuchando el ir y venir de estas olas mansas, enredado entre pensamientos y recuerdos que no han hecho más que darme la razón ante la certidumbre de que debo olvidarme del amor.

Las gaviotas, a las que antes veía volar solitarias, comienzan a agruparse y a tomar posesión de los espacios de playa que las personas van dejando vacíos. Hasta ellas acaban el día en compañía. Escucho sus graznidos, deben de estar llamándose unas a otras.

Comienza a ponerse el sol. Quedamos ya apenas un par de parejas de enamorados, las gaviotas y yo, que no necesito a nadie para deleitarme con este bello espectáculo: el sol bañándose en el mar, el agua llenándose de reflejos, y el cielo, con sus pocas nubes, tornándose anaranjado. Las parejas se cogen de la mano y miran embelesadas al horizonte, las gaviotas siguen con sus estridentes sonidos, y yo, solitario, agrego las puestas de sol a la lista de cosas de las que puedo disfrutar sin amor. Una lista a la que debo aferrarme cada vez que el recuerdo de unos ojos se me enquiste en el alma, o cuando me sorprenda a mi mismo imaginando a una mujer morena soltando su pelo al viento.

Quizás esta puesta de sol fuera aún más bella en compañía, pero para qué remover el alma con anhelos inalcanzables, debo aferrarme y acostumbrarme a placeres solitarios.

Voy a ser feliz sin amor, estoy obligado a serlo, debo olvidarme de él, de ese sentimiento que no es para mí y que sin embargo ha ocupado hoy todo mi día, un día de playa que me trajo la confirmación de que el amor, al menos el que a mí me ha tocado, sólo deja infelicidad a su paso.

Aún en el supuesto y extraño caso de que el amor se fijara en mi en el futuro, debo de ser fuerte, hacer oídos sordos y dejarlo pasar, pues la experiencia me dice que, de llegar, no lo haría para quedarse, sino para desmontar de nuevo mi mundo, zarandearlo todo y marcharse en el preciso momento en que comenzara a creer en él.

Veo como los últimos rayos de sol van recogiéndose bajo el manto de agua salada. Las parejas que quedaban están ya guardando sus cosas y prodigándose los últimos besos y caricias. Las gaviotas continúan con sus graznidos, cada vez más estruendosos, pues el grupo no para de crecer.

El cansancio y la pereza que hicieron presa en mí durante todo este día, van dando paso a una sensación fresca de bienestar y relajación. Mis tripas vuelven a sonar, pareciendo querer entablar conversación con las gaviotas, y recordándome que no he ingerido nada sólido en todo el día.

Me levanto por fin de la arena, recojo mis cosas y me dirijo a buscar un sitio bonito donde comer algo, tomar una copa de buen vino y entablar un poco de conversación con otros clientes solitarios que encuentre en el lugar.

Una vez haya satisfecho mi apetito me retiraré a descansar, a disfrutar del placer de un buen sueño reparador.

Y si el sueño me trae a la mente al amor, al día siguiente enterraré su recuerdo con el disfrute de los placeres solitarios a los que me voy a consagrar, y si a la siguiente noche regresa de nuevo, volveré a echarle tierra encima, y si se torna en un sueño recurrente, lo asfixiaré no prestándole atención, no hablando de él, no pensando en él, hasta que el tiempo y la costumbre, aliados con mi fuerza de voluntad, acaben al fin por desterrarlo de mi vida.

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