Literatura, Sin categoría

Mi Dictador Particular

Buenos días amigos.
Aquí os dejo otro de mis relatos rescatados del cajón de las letras del pasado y que ha encontrado su lugar en este blog.
Espero que os guste.

Miedo

Mi Dictador Particular:

Cuando era un niño y no te conocía todo me resultaba más fácil y me sentía capaz de llevar a cabo, de manera natural, cualquier cosa que me propusiera.

Poco a poco me fueron preparando para ti. Me avisaron de que llegarías, de que debería acogerte con las manos abiertas y cumplir tus dictados, ya que eras sabio y previsor. Mis padres, mis hermanos, mis profesores y los mayores en general me aleccionaron sobre las ventajas de dejarme guiar por ti y me previnieron sobre lo desastroso que podría resultar ir más allá de los límites que tú, en tu buen juicio, me marcaras.

Finalmente entraste en mi vida y, un tanto por hacer caso a los mayores y otro tanto porque me fui dando cuenta de que contigo evitaba los chichones y los fracasos, permití que fueras, poco a poco, dirigiendo mis actos y poniéndome los límites.

Dejé de saltar la tapia por la que acortaba el camino al colegio. Abandoné la costumbre de lanzarme en bici por las cuestas del descampado cercano a casa, muy escarpadas, rodeadas de escombros y por donde los pedales iban más rápido que mis pies. Cesé también de hablar con el mendigo que solía sentarse dos calles más allá de la mía y que siempre me narraba, con la voz entrapada por el vino, capítulos de su vida que yo no comprendía. Todo eso y más cosas dejé de hacer por seguir tus consejos.

Así, mi libertad se fue achicando por las vallas que tú me ponías y de donde no debía de salirme, vallas que sólo salté en contadas ocasiones durante la adolescencia, mi etapa más rebelde, cuando no hacía caso de nadie, ni de mis padres ni de mis hermanos, ni siquiera de ti.

Pero la desobediencia duró poco. Pronto volví a someterme a tu voluntad, porque acabé por aceptar que tú, que eras cauto y cuidadoso, casi siempre tenías razón en todo.

Supiste ver antes que yo, que aquella chica de la que me enamoré en mis febriles quince años, a la que dediqué libretas enteras de poesías que nunca le mostré, no me traería más que desamor y tristeza con su segura negativa, y en tu sabiduría me susurraste al oído que si no quería sufrir debía dejar de buscarla y olvidarme de sus ojos de gata y de su mirada, tierna y salvaje a la vez.

Me persuadiste de que no debía destacar demasiado para no despertar la rabia ni la envidia en mis semejantes. Me convenciste de que lo mejor era conformarme con la segura mediocridad.

Mi relación contigo siempre fue una relación de sumisión en la que yo anteponía tus dictados a mis deseos y pasiones.

Tanto me acostumbré a obedecerte, que no me fui dando cuenta de que estaba construyendo mi vida por y para ti; fui haciéndolo todo de la forma que tú me decías que era la correcta. Me habitué a las vallas que me pusiste como frontera y las convertí en los límites de mi vida.

Cuando soñaba con saltar las vallas y escaparme lejos, justo en el último momento, previo al salto, aparecías tú y me convencías, con palabras fraternales, de que estaba equivocado, que no tenía nada que hacer allá afuera, que mi vida estaba dentro del contorno de aquellas vallas, que ahí estaba mi felicidad, que en el exterior todo era inseguridad y peligro.

Así que intenté ceñirme a tus dictados y, tratando de no salirme de las fronteras que me marcaste, me fabriqué una vida agradable y tranquila, con un trabajo fijo, aburrido, pero fijo. Me casé con una mujer a la que quise con locura cuando conocí, que acabó por aburrirme con el paso del tiempo, y a la que era incapaz de confesar que mis sentimientos hacia ella habían cambiado. Compré una casa con patio e hipotequé las dos terceras partes de mi vida laboral en ella.

Todo por hacerte caso.

Me animabas a que fuera fuerte, convenciéndome de que tenía que intentar llegar así hasta el final, evitar los cambios, perseverar en mi camino porque era el correcto.

Ahora que ya soy viejo y paso la mayor parte del día retrepado en mi sillón, dormitando y con todo el tiempo para pensar, puedo decir, con extrema tristeza, que me equivoqué sometiéndome a ti.

Me queda poca vida y no puedo volver atrás, apenas tengo las energías necesarias para ir del sofá al baño y del baño a la cama.

Me acuerdo todos los días de aquella tapia que saltaba de chiquillo yendo al colegio, hasta que tú apareciste en mi vida y me convenciste del tremendo peligro que entrañaba aquello.

Evoco los ojos de gata de la chica a la que, siguiendo tu consejo, nunca le declaré mi amor.

Pienso en todos los besos y caricias que habré perdido por seguir tus dictados.

Abandoné también por ti mis pasiones de juventud, entre ellas la de escribir, porque según tu mandato debía de regirme por unas reglas comunes y no destacar, debía de olvidarme de sueños imposibles y emplear todas mis energías en el alcance del cuento de la hipoteca, el matrimonio, el coche y el trabajo fijo.

Por ti vi morir a la mujer con la que compartí la mayor parte de mi vida sin ser capaz de sincerarme con ella y confesarle que había dejado de amarla.

Por mi fidelidad perruna hacia ti me perdí todo lo auténtico y excitante que hay en la vida.

Tú, “El Miedo”, te convertiste en mi dictador particular.

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6 comentarios en “Mi Dictador Particular”

  1. Realmente siempre estamos dominados por el miedo,
    Salud,trabajo,familia, estado de bienestar, etc…
    Y si lo vamos perdiendo, siempre hay algo, o alguien que nos lo recuerda. Prensa,empresa, gobiernos,etc….
    Solo tenemos una vida para disfrutar, a medias??? La otra mitad lo consume el Miedo.
    Vivir el dia a dia.

    Le gusta a 1 persona

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