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Hojas Secas

Siguiendo con mi costumbre de rebuscar en los cajones, he sacado a la luz este relato mío, de un tiempo pasado, melancólico y húmedo. Espero que publicándolo aquí, en este blog que es como una especie de diario moderno, se airee y encuentre el motivo de su creación.

Hojas Secas

Hojas Secas

El día comenzó con un frío que encogía la ropa, haciendo que se ajustase al cuerpo, contagiándolo de escarcha y erizando el vello.

La casa grande, vacía, con heridas abiertas en las ventanas por donde se colaba el gélido aire, con manchas mohosas de humedad en las paredes y telarañas por los altos techos, ayudaba a crear el clima de desamparo.

La cama, demasiado grande, demasiado vacía, con la mitad arrugada y la otra mitad sin deshacer, parecía apuntarle con el dedo acusándole de soledad.

Era demasiado pronto para ir a ninguna parte, pero hacía demasiado frío para quedarse. Fue a la destartalada cocina para preparar un café que le ayudara a recuperar su temperatura corporal normal. Miró por la ventana y vio como las hojas secas acolchaban la rampa que daba acceso a la casa y llenaban el suelo de los patios; observó también como las parras clamaban, grises, por su poda. Todo aquello le producía una honda sensación de abandono.

Salió a la puerta con su taza de café. Con el primer trago sintió calor en el estómago. La mañana estaba fría, pero el Sol comenzaba a salir para iluminar un día sin nubes y aliviar la humedad de los huesos.

Hubo un tiempo en que siempre había mantenido los patios limpios y le había dedicado más tiempo a la casa, con pequeños arreglos, parches que disimulaban un poco su vejez. Eran otros tiempos, tiempos de proyectos, de ilusiones, de escarceos amorosos, tiempos vividos, a veces en compañía, y otras veces disfrutando de la soledad, tiempos de esperanza y optimismo.

Miró su teléfono móvil, ni una llamada, ni un mensaje, como siempre. Acabó su café con una sensación rara, estaba angustiado, melancólico, tenía frío, no había ningún lugar a dónde ir, ninguna cita, ningún proyecto, nadie que lo esperara en ninguna parte.

Decidió ocuparse en algo para mitigar un poco las malas sensaciones de aquella mañana y fue al viejo cobertizo a por las tijeras de podar y una escalera. Necesitaba emplear su tiempo en alguna actividad, si no quería que la tristeza le envolviera por completo.

Mientras estuvo podando las parras apenas pensó en nada, tenía toda su atención puesta en elegir el sitio correcto por donde cortar.

El sol cada vez calentaba más, lo que le hacía ir sintiéndose poco a poco más reconfortado. Decidió continuar trabajando y se dedicó a barrer las hojas secas, tarea que era más aburrida y menos metódica que la poda, y para la que no necesitaba a su mente, que enseguida voló libre, trayéndole recuerdos de otros días vividos en esa misma casa, en esos mismos patios.

Recordó el momento en que compró la propiedad, totalmente enamorado, embriagado de buenos deseos y de promesas de eternidad. La pasión estrenó aquel proyecto de vida en común en aquel mismo lugar. Fueron unos años de felicidad compartida durante los cuales la casa siempre lucía aireada, limpia, acogedora, los patios libres de la acumulación de hojas secas, la cocina funcionando y la nevera llena de cerveza y carne dispuesta para cocinar a la brasa en la barbacoa.

Aquellos primeros años en la casa terminaron con el fin del amor y de las promesas de eternidad.

Descansó un poco apoyado en la escoba y suspiró, mirando hacia las lejanas montañas, hacia el horizonte que parecía querer enseñar que siempre había algo más allá.

Continuó barriendo y su mente volvió a la carga, repasando su vida allí. Después de aquella convivencia vinieron tiempos oscuros, tiempos de desgana, de desesperación, tiempos de doloroso desamor en los que la casa estaba siempre descuidada, fría, solitaria, tiempos en los que la nevera y el corazón permanecieron vacíos. Le resultaba curioso como siempre le pasaba lo mismo con el amor cuando se acababa, siempre pensaba que ya no iba a poder volver a levantarse ni iba a poder volver a querer a nadie. Siempre pensaba que el que acababa de terminar había sido el amor de su vida, pero siempre, una y otra vez, para sorpresa suya, volvía a levantarse y volvía a creer en el amor, volviendo a las promesas de eternidad, a la ilusión, a la pasión, hasta que de nuevo se acababa el amor y vuelta a empezar, vuelta a girar en la rueda del amor y el desamor.

Había terminado de barrer la rampa, tenía las hojas dispuestas en varios montones que recogería al final. Ahora iba a continuar barriendo el primer patio, no quería cesar en su actividad, pues parecían dolerle menos los recuerdos mientras estaba en movimiento.

Continuando con su tarea, la mente le trajo recuerdos discontinuos de fugaces amores vividos allí, pasiones alentadas en días ociosos de vino y relax, días de música, baile, amistad, risas, días que acababan en noches embriagadas en las que a veces se llevaba algo a la cama como un desahogo temporal para el cuerpo.

El recuerdo de esos días le arrancó una sonrisa e hinchó su orgullo varonil al darse cuenta de que incluso se le escapaban las caras de alguno de los frutos de su pasión. Aquel ir y venir duró un tiempo, ni mucho ni poco, el tiempo que tenía que durar, pero acabó también, y la rueda siguió girando.

Algunas de aquellas pasiones, que nacieron para ser pasajeras, se convirtieron en desamores para él, que parecía haber encontrado cierto placer masoquista en el sufrimiento del amor, donde encontraba la excusa perfecta para abandonarse a la pena y a la inactividad.

Después de acabar con el primer patio y de hacer los montones correspondientes con las hojas secas, inexplicablemente, tras aquel repaso de su pasado, se sentía mucho mejor que al comenzar la jornada. Quizás los recuerdos le hicieron darse cuenta de que aunque hubo momentos buenos y malos en aquel lugar, eran los buenos los que recordaba con mayor intensidad, y quizás al saberse subido en esa rueda de amor y desamor, pensara que ahora le tocaba volver a girar hacia el lado del amor, y que quizás la rueda parara y dejara de girar.

Fue al segundo patio para continuar con su tarea, y su mente, más lenta ahora, fue trayéndole recuerdos cercanos, atisbos de nuevas posibilidades amorosas, promesas de nuevas pasiones y nuevas eternidades.

Hacía poco que el amor se estaba asomando de nuevo a su puerta, más lentamente esta vez, tímido, temeroso de que al desatar toda su intensidad fuera a acabar como un destello de luz, cegador al principio pero sin permanencia.

Así, de nuevo estaba empezando a vivir el juego del amor cuando comienza, la incertidumbre, las urgencias, el deseo, la imaginación inventando los celos, el desasosiego esperando una llamada de teléfono, la impaciencia, el corazón acongojado y sin atreverse a abrirse por entero hasta no tener seguridad, algo impensable en el amor.

Por fin terminó con el barrido, fue a por unos sacos de basura donde recoger los montones de hojas secas, y mientras lo hacía, era como si todos los recuerdos traídos a la mente aquel día se fueran marchando con las hojas en aquellos sacos. No tardaría mucho en volverse a llenar todo de hojarasca, al igual que su mente se llenaría de nuevos recuerdos, pero era preciso limpiar todo lo antiguo para dejar espacio a lo nuevo y evitar así la contaminación y la confusión.

Cuando hubo acabado y hubo tirado los sacos llenos a la basura se sintió un hombre nuevo, con fuerzas renovadas. El día soleado invitaba a salir y prometía buen tiempo, junto con buenas y nuevas vibraciones, así que decidió tomar una ducha, dejar las ventanas de la casa abiertas para que se aireara todo, apagar el móvil para no acabar presa de la espera, y salir a pasear con los ojos abiertos, receptivo a todo lo que el día quisiera depararle.

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2 comentarios en “Hojas Secas”

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