Literatura, Sin categoría

Lisboa, principio y fin.

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Antes de Lisboa éramos dos jóvenes convencidos de nuestra sabiduría y confiados en nuestra inefable experiencia.

Tus ansias por escapar de una vida espesa y programada, que anunciaba un futuro de un gris homogéneo, junto con mis ganas desesperadas de mirarme en unos ojos y de sentir el tacto de una mano sobre la mía, dieron origen a nuestro viaje de ida a ninguna parte, que más que viaje fue una huída.

Nos convertimos en dos fugados de la monotonía, de los días iguales, prófugos de la mediocridad, de las personas clonadas, huídos de la mesura, tan estresante, escapados del conformismo, tan anestésico y conveniente.

Por el camino dormiste todo tu pasado, mientras yo, desde la impunidad que me otorgaban tus ojos cerrados, enterraba mi mano en tu cabello, permitiendo, desde mi inconsciencia, que mis dedos se enredaran en ti, acercándome, sin querer darme cuenta, al terrible abismo del amor, ese sentimiento dictatorial donde nadie es quien es, y que, una vez que toma el mando de nuestras emociones, somete pensamientos y sentimientos, controla actos y movimientos, y nos obliga a girar siempre en torno al sujeto amado, que entra a formar parte del sometimiento, consciente o inconscientemente.

Así, mientras una mano me conducía al abismo al que llevaba el tacto de tu pelo, la otra dirigía el vehículo que nos tenía en franca huída de la vida que habíamos llevado hasta entonces.

Atravesamos campos infinitos, poblados por inacabables hileras de olivos y de almendros, a los que la prematura primavera estaba haciendo florecer. La misma incipiente primavera que calentaba nuestros huesos, después de meses de moho y humedad, y desperezaba nuestras emociones, adormiladas por la invernal sucesión de días cortos y nublados.

También pasamos bordeando enormes campos de viñedos, salpicados, aquí o allá, de higueras y nogales; y nos adentramos en tupidos bosques de encinas, pinares y eucaliptos, donde nos acompañó la lluvia, que ayudó a los comienzos del amor, pues su repiqueteo sobre los cristales tuvo la virtud de sacarte del sueño y de abrir tus ojos almendrados, hinchados, cargados por igual de incertidumbre y de ilusión.

Entonces me miraste y te miré, y ambos supimos que ya no había vuelta atrás, ni en nuestra huída ni en nuestra caída en el amor. En un amor extraño, desconocido, donde lo importante no éramos nosotros, sino el propio amor.

Lisboa nos recibió con los brazos abiertos. Un emparedado apartamento, cuya única ventana daba a un patio común, recogió nuestras ganas de huir y nuestros deseos de diferenciarnos del resto. Aquel pequeño cubículo fue nuestro hogar en el centro de la ciudad. Alli nos exiliamos del mundo durante unos pocos días que valieron por una eternidad. Allí, en la intimidad de un mundo de dos, tu sonrojo se transformó en provocación, tu silencio en deseo y tus miradas en insinuaciones que invitaban al amor y sus demostraciones.

Desayunábamos fruta y té, y durante el día, en los escasos descansos que nos dejaban nuestras sudorosas refriegas amorosas, nos alimentábamos con cerveza, vino y frutos secos. Eso era todo lo que nuestro presupuesto podía pagar, y lo cierto es que no echábamos nada de menos.

El mundo éramos nosotros. Todo lo que caía fuera de nuestro colchón era ajeno, distante, y estaba a mil años luz.

Creíamos poder vivir así para siempre, inmersos en un amor que no cesaría nunca de crecer, ajenos al mundo y a sus avances, extrapolados de una sociedad de la que no queríamos formar parte.

Sin embargo, el mundo de los otros, celoso de sí mismo, nos fue engullendo de nuevo, sin darnos cuenta. Los que dejamos atrás nos localizaron. El escaso remanente económico con el que llegamos, se acabó. Nuestras conciencias, proletarias, pobres y sufridoras, regresaron a su lugar junto a nuestros oídos.

De repente se nos presentó como necesario el regresar al mundo del que habíamos huído totalmente convencidos.

Dejamos atrás Lisboa y el amor y retomamos el pulso de nuestras vidas de antes, mediocres, monótonas, donde no quedaba espacio para la rebeldía ni para un amor grosero e irreverente como el que compartimos en Lisboa.

Después, llegó lo evidente. Caminos separados, vidas distintas, amnesia. Nada quedó en nosotros de Lisboa, salvo los sueños, que en ocasiones eluden la vigilancia de nuestras conciencias y nos recuerdan la existencia en nuestro pasado de unos días en que creamos un mundo solo nuestro, sin nada más que nosotros en su interior. Pero ya se sabe que… “los sueños, sueños son”.

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