Amor, Literatura, Romántico, Sin categoría

Le Dimos la Vuelta a la Tortilla

¿Quién no ha tomado parte, en uno u otro lado, de un amor unilateral que, al desaparecer, ha despertado el amor en la otra parte?
Te quiero cuando no me quieres y cuando dejo de quererte empiezas a quererme.

Tortilla

Le Dimos la Vuelta a la Tortilla:

Me enamoré de ti desde el primer momento en que te vi entrar a la clase, con tu largo pelo liso, castaño, moviéndose levemente, como dunas en el desierto.

Tus manos se me antojaban como fábricas de ternura, tu voz era el susurro de un ángel, tus labios el fruto del deseo más febril.

Pasaba las mañanas sentado tras de ti, con la vista fija en tu nuca, que se me antojaba suave y aterciopelada, anhelando que volvieras la cabeza para poder mirarme en tus ojos almendrados, mientras señores pasados de moda se esforzaban por introducir conocimientos arcaicos en nuestros maleables cerebros.

Los recreos se convertían para mi en una persecución, donde esgrimía las excusas más inverosímiles para acercarme a ti, para hablarte, o tan sólo para mirarte, hipnotizado, inmóvil, incapacitado para nada que no fueras tú.

Las tardes en casa haciendo deberes se me antojaban como largas horas de encierro en un purgatorio que me alejaba de tus ojos, tan distantes, tan ajenos a mi, y sin embargo tan presentes en mi vida y tan deseados.

Mis días y mis noches giraban en torno a ti y a tu recuerdo. Me parecía imposible que un amor tan grande como el que me poseía y me llevaba siempre hasta a ti, te pasara desapercibido, pero eso es lo que parecía por tu falta de atención, por tus miradas evasivas y por tus aparentes huidas, acompañadas de orgullosas sonrisas.

Pero un día sucedió algo. Mis miradas encontraron unos ojos inesperados, mis palabras de amor hallaron eco en unos nuevos oídos, mis manos conocieron el tacto cariñoso de otras manos y mis labios supieron por fin a qué sabían los besos que me habían sido negados hasta entonces.

Pero no fueron tus ojos almendrados los que me miraron, si no los ojos azules de la chica que se sentaba tras de mi en clase, que supo recoger el amor que latía en mi pecho y hacerlo suyo.

A partir de ese día, tus ojos, extrañados, se volvían a menudo, esperando encontrarse con los míos, que descansaban ya en otra mirada.

Para mi sorpresa, buscabas mi cercanía en los recreos, que yo pasaba de la mano de otra.

Desapareciste incluso de mis tardes de encierro y estudio en las que tu punzante recuerdo fue sustituido por la satisfactoria certeza de saberme querido.

El amor que te tenía se partió en dos, para crecer por separado. Una mitad encontró abono en unos ojos nuevos, azules y llenos de futuro. La otra mitad se enquistó en tu corazón, haciendo crecer en ti un amor que ya no tendría eco, que quizás había estado ahí siempre, pero que no supiste ver.

De esa forma, entre los dos, le dimos la vuelta a la tortilla sin darnos cuenta. De manera que el amor entre nosotros continuó existiendo, pero siempre de manera unilateral.

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