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Resumen Final

Cuando llegue el momento de partir espero tener tiempo suficiente para hacer un resumen de lo vivido, y ojalá, como lo ocurre al protagonista de este relato, encuentre valentía, amor y felicidad en mi vida, lo que será señal de que habré aprovechado mi tiempo.

Resumen Final

Resumen Final:

Desde esta ventana con vistas al parque la hierba parece estar provista de un verde más vivo que nunca. Por la luz que entra a través de los cristales, me da la sensación de que el día debe de ser uno de esos en los que el sol calienta los huesos y adormece el pensamiento. Se ven parejas paseando cogidas de la mano, perros moviendo el rabo y caminando erguidos junto a sus dueños, madres haciendo cola con sus hijos frente a los columpios. La vida fuera, vista desde éste, mi obligado retiro, parece una continua fiesta.

Estos últimos días he estado muy sentimental, y ahora, viendo a los niños jugar, me he acordado de mi niñez, muchos años atrás. Desde entonces ya despunté como un ejemplar humano distinto a los demás, pues mientras los otros chavales de mi edad jugaban al fútbol o al escondite, yo me entretenía solo, ensimismado con los insectos, observando cómo se movían, incluso a veces, desde mi inocencia, descuartizándolos.

Siempre fui un ser solitario, pero no por ello triste, bien al contrario, crecí siendo muy feliz. A veces también me reunía con los demás chicos y chicas de mi edad, pero nunca me dio miedo la soledad, sino que disfrutaba de ella.

Crecí en un barrio de las afueras de una gran ciudad, morada de gente humilde y trabajadora, con la que se cebaron las desgracias en forma de desamparo, aislamiento, desempleo, delincuencia y drogadicción. Fueron unos años extraños, durante los cuales los chicos del extrarradio nos acostumbramos a vivir entre aquellos muertos vivientes a los que una mala decisión llevó a un callejón sin salida.

Escucho unos pasos amortiguados acercándose a la habitación donde estoy recluido. Debe de ser la enfermera con otra inyección. No sé qué tipo de medicamento será el que me suministran, pero consigue que duerma pesadamente durante horas, es como si nunca terminara de saciarme del sueño.

La enfermera es una chica joven y muy guapa que, mientras se agacha para pincharme, permite, con una sonrisa de conmiseración, que mi mirada se pose en la apertura de su escote, que muestra el comienzo de unos turgentes pechos bajo el sostén. Siempre sentí cierta atracción hacia las enfermeras. Admiro su ligero contoneo de caderas mientras sale de la habitación. Al mismo tiempo me va invadiendo un sueño acolchado e invencible.

Cuando despierto ya es de noche, siento molestias por todo el cuerpo, pero decido no utilizar mi derecho a quejarme, pues sé que de hacerlo me pondrían otra inyección. Me queda poco tiempo, y aunque no haya nada interesante que hacer aquí, prefiero pasarlo consciente.

Todavía no me creo del todo que esto se vaya a acabar ya. No tengo miedo, eso es algo que superé hace mucho, pero aún soy joven, me gustaría tener tiempo para experimentar todas las cosas que pospuse y para disfrutar de las cosas placenteras que ya conozco. He dejado mucho sin hacer, pero no me quejo, también hice y disfruté mucho.

En la cama de al lado agoniza un hombre mayor, con aspecto de tener cerca de noventa años, debe de haber llevado a cabo muchas y muy diversas experiencias en tan larga vida, o al menos no le ha faltado tiempo para ello. A su lado, perenne, sentada en un sillón, está su esposa, que debe de tener una edad parecida a la de él, y cuyo rostro está surcado por incontables arrugas que hablan de años de trabajo a la intemperie.

Desde la aburrida soledad de la horizontalidad de mi cama, juego a uno de mis pasatiempos preferidos: fantasear con la vida de las personas sin conocerlas. Así, imagino a la pareja vecina en su juventud. Por su aspecto, sus ropas, y sus exagerados agradecimientos y disculpas, supongo que debieron crecer en un lugar humilde, quizás rural, en unos años difíciles en los que el continuo trabajo no aseguraba la manutención de la familia.

Seguramente se conocieron desde niños, se hicieron novios muy jóvenes y se casaron ilusionados antes de cumplir los veinte. Imagino que el ritmo de su día a día debió de ser el trabajo duro de hormiguita, ahorrando poquito a poco el dinero suficiente para criar decentemente a sus hijos y darles una buena educación. Los mismos hijos a los que la mujer disculpa ahora por su ausencia, explicando, sin que nadie se lo haya preguntado, que desempeñan trabajos de mucha responsabilidad en la capital que les mantienen muy ocupados.

Es muy probable que fueran felices, quizás más que muchas otras parejas que luchan continuamente por renovarse y hacer cosas nuevas para revitalizar su matrimonio. Aunque casi con total seguridad tuvieron que renunciar a mucho y se resignaron a cambiar los sueños propios por los de sus hijos. Seguro que pospusieron muchos viajes y actividades placenteras para después de la jubilación, pero entonces se dieron cuenta de que les habían abandonado las fuerzas, que los días ya no comenzaban con la misma energía, y luego, poco a poco, fueron apareciendo los achaques y las dolencias propias de la edad, hasta llegar a este momento en que él agoniza bajo la mirada de ella, incansable compañera de su vida, que no se separa de su lado, mientras ve como un abismo comienza a abrirse ante ella, que nunca se imaginó la vida sin él.

Suspiro y sonrío pensando que hace ya años decidí no dejar pasar las oportunidades que la vida pusiera ante mi sin dedicarles al menos el tiempo suficiente para decidir qué hacer con ellas. Dentro de mis posibilidades siempre he tratado de hacer realidad mis sueños. Viajé cada vez que tuve ocasión y aprendí a aceptar todo lo bueno y maravilloso que la vida me ofrecía. Quizás mis ganas de vivir y mi entusiasmo se debieran a que de algún modo intuía que no iba a disponer de mucho tiempo y que, por lo tanto, debía aprovecharlo. Siempre que pude hice caso de mi intuición y no pospuse mis sueños hasta la jubilación, la cual imaginaba que me llegaría tranquila, sin obligaciones; me veía a mi mismo en una casita de campo, cuidando un pequeño huerto de tierra blanda y piadosa con mis manos, y esperando plácidamente la llegada del final que ahora se me impone, de forma prematura y por sorpresa.

De nuevo el corcho apoderándose de mi cuerpo, mi mente abandonando todo pensamiento y el sueño impuesto por la droga medicinal venciendo mis ganas de seguir consciente.

He dormido muchas horas; me he despertado con el ruido del carrito cargado con las bandejas del desayuno. En la mía había un tazón de leche junto a un sobre de café descafeinado, un cuenco con papilla, un vaso de agua y unas pastillas que nunca tomé hasta hace pocas semanas y que no creo que me ayuden para nada, excepto para dormir, puesto que lo mío no tiene cura y es una enfermedad extraña y nueva que no se conocía hasta descubrirla en mi cuerpo. Voy a ser distinto y raro hasta el final.

Ingiero lentamente mi desayuno mientras observo a la mujer de al lado introduciendo amorosamente la comida en la boca de su marido semiinconsciente. Yo jamás me casé y nunca me duró demasiado el amor. No quiero pensar en eso.

Tiro las inservibles pastillas a la papelera y me asomo a la ventana. Admiro el sol, la hierba verde, el agua chisporroteante de la fuente y veo una pareja de jóvenes prodigándose demostraciones de amor en uno de los bancos del parque. Ya no hay remedio. El tema de mis pensamientos va a ser ese sentimiento tan esquivo para mi.

Desde que recuerdo, siempre he estado enamorado, he sido un romántico empedernido y he gastado montones de cuadernos escribiendo poesías a las mujeres de las que me enamoré y que en su gran mayoría no me correspondieron. Nunca fui un Don Juan, ni estuve dentro de ningún estereotipo de belleza masculina. He sudado cada beso que me han dado, he luchado cada caricia y he aceptado como un regalo cada vez que he hecho el amor.

Al principio, tras los primeros fracasos de mi juventud terminé por acostumbrarme a llevar mis amores en secreto, evitando así la humillación y las negativas.

Luego, con el pasar de los años, me fui liberando de todo tipo de miedos y prejuicios y me animé a vivir de forma más intensa. Dejé de temer las negativas y tomé la decisión de no silenciar mis amores, pues necesitaban del otro para desarrollarse. Fueron muchas las ocasiones en que me di de bruces contra la pared del no, pero si me hubiese mantenido callado tampoco hubiera disfrutado de los síes que recibí, que se convertían en amor compartido, noches sudorosas y febriles haciendo el amor y tardes disfrutando, cogidos de la mano, de la misma puesta de Sol.

Esa es una de las cosas por las que me siento orgulloso de mí mismo, ya que fui valiente y sincero en el amor y obtuve mi recompensa.

Ahora, como no podía ser de otra forma, también estoy enamorado. Ella me parece la criatura más maravillosa de la tierra, con una personalidad arrolladora, alegre y buena persona. Si me dieran la opción de elegir entre ella y cualquier otra mujer del mundo, no la cambiaría por ninguna. Ya conoce mis sentimientos, pero está indecisa. Hace días que no la veo, pues no le he hablado de mi situación, y prefiero dejar así las cosas, de nada serviría que ella viniese aquí a sufrir conmigo, sería nefasto para los dos; prefiero que piense que me cansé de su indecisión o que se cruzó otro amor en mi camino.

El amor… Me trajo muchos quebraderos de cabeza, pero también me dio las mayores satisfacciones. No me imagino la vida sin él.

Suspiro y meneo la cabeza ,mientras fijo la vista en la mujer que acaba de entrar en la habitación para llevarse las bandejas del desayuno. Aparenta unos cincuenta años, tiene el gesto serio e inapetente. Se percata de mi mirada y, sin cesar de mascar chicle, me lanza un gesto inquisitivo, casi desafiante. Quizás me equivoque pero, volviendo a mi pasatiempo de fantasear imaginando la vida de los demás, me da la sensación de estar ante una mujer cansada de vivir, aburrida de un trabajo que no la satisface, a cambio del cual a pospuesto o abandonado sus sueños de juventud. Tengo ganas de decirle: “No sea estúpida. No desaproveche sus oportunidades. Deje lo que está haciendo y dedíquese a lo que le gusta, a lo que le haga feliz. Ahora aún está a tiempo de cambiar, pero no siempre va a ser así.” Pero sé que sería en vano, no me haría caso. Seguramente se habrá provisto de multitud de razones para continuar con el estilo de vida que le hace desdichada.

Estoy cansado, muy cansado. Es extraño porque esta enfermedad que está acabando conmigo no es muy dolorosa, sólo noto como me va envenenando y carcomiendo por dentro, es como si un vacío se fuera apoderando centímetro a centímetro del interior de mi cuerpo. Voy a tumbarme a descansar, sólo un poco. Cerraré los ojos una media hora.

Abro los ojos con la sensación de haber acabado de cerrarlos y descubro que han pasado varias horas. Está atardeciendo. Fuera parece hacer una temperatura ideal; el clima primaveral debe de invitar a salir a la calle, a pasear, a tomar un refresco en un lugar agradable. Cuánto daría ahora mismo por estar sentado junto a la barra de un bar, saboreando una cerveza helada y mirándome en los ojos de mi indecisa amada.

Sé que no me puedo quejar, viví bien mientras pude, respeté mis sueños y tomé el camino de mi felicidad. No, no puedo quejarme, y sin embargo, no quiero marcharme, aún no. Siento añoranza al recordar los despertares en mi hogar, el aroma del café por las mañanas mientras veo asomar el Sol tras las montañas. Hay tantas cosas buenas aquí: Desearía tener tiempo para otro viaje y para perderme por las calles de una ciudad nueva; me gustaría asistir a un concierto de mi cantante favorito, ir al teatro, al cine, disfrutar de una buena cena; quisiera estar ahí cuando mi indecisa amada decida darme el primer beso y me haga sentir embriagado de amor y pasión. Me quedan por vivir tantas y tantas cosas. Pero no me quejo.

Se abre la puerta y entra la enfermera joven y guapa de los pechos turgentes. De nuevo se agacha y sonríe dejando que me deleite con su escote mientras me pone otra inyección. Imagino lo dulce que sería hacer el amor con ella; parece adivinar mis pensamientos y clava sus ojos en los míos para bajar luego la mirada, pícara, hacia la apertura de su bata. Como de costumbre me quedo admirando su figura mientras se marcha y me invade la ya familiar sensación del sopor del sueño inducido por los calmantes, innecesarios para mi poca dolorosa enfermedad. Debe ser que los médicos creen que es mejor que pase mis últimos días durmiendo para que no piense demasiado.

Despierto a media noche alarmado por los gritos de la mujer de mi vecino, el cual acaba de fallecer. La mujer llora desconsolada una muerte ya anunciada. Seguramente esperaba a partes iguales el fatal desenlace y un milagro que le devolviera a su marido por unos años más en los que poder disfrutar juntos todas las cosas de las que antes se privaron.

La esperanza es lo último que se pierde, pero cuando la muerte pone los ojos en uno, sólo queda entregarse a ella.

A mí, según los médicos, a los que he pedido sinceridad hasta la crueldad, tampoco me queda mucho. Aunque desearía retrasarla, cosa que estoy seguro que querría hacer aunque tuviera más de cien años, no me asusta la muerte. Estoy preparado para someterme a ella. Me intriga conocer su rostro y saber cómo será, qué será.

Me quedo absorto con estos pensamientos en un duermevela, hasta que amanece. Hace horas que se llevaron a mi difunto compañero de habitación con su abnegada esposa colgada de su inerte cuello. Pronto otro vendrá a ocupar la cama que se ha quedado vacía.

Me asomo a la ventana desde la que he visto la vida exterior las últimas semanas. Hoy la hierba parece todavía más verde y, aunque el Sol ya está asomando, aún no se han disipado del todo las sombras de la noche. Aparecen los primeros visitantes del parque: deportistas corriendo, trabajadores trajeados de camino a cumplir con sus deberes e insomnes paseantes.

Siento una fuerte punzada en el corazón, el veneno avanza.

Hay momentos y sensaciones que me gustaría llevarme conmigo: la seguridad de los brazos de mis padres durante la infancia, la alegría de los juegos de la niñez, el calor del primer beso, la inigualable sorpresa del descubrimiento del sexo, la plenitud del amor compartido, los amaneceres en la sierra, las puestas de Sol en la playa, el nerviosismo aventurero al inicio de un viaje, y tantas otras emociones que no sé dónde guardar. Quizás sea una carga muy grande y, si quiero llegar pronto a cualquiera que sea mi destino al otro lado, debo ir descargado. Si se me permitiera llevarme un único recuerdo, entonces me llevaría la agradable sensación que sentía cuando mi última e indecisa amada me miraba con ojos enamorados, sí, ese será mi equipaje: la promesa del amor.

Suspiro. Me encuentro cada vez más fatigado, no es el cansancio del sueño, sino del veneno que avanza incansable y que morirá conmigo.

Mi corazón acaba de dar otro fuerte vuelco. Ha llegado el momento. Me tumbo en la cama a esperar el final. No me siento triste, al contrario y contra todo pronóstico, me encuentro alegre, contento porque hice un breve resumen final de mi vida y encontré en ella valentía, amor y felicidad. Aproveché mi tiempo.

Noto un estallido en mi corazón, que deja de latir, cierro los ojos y siento el vértigo de un gigantesco salto hacia lo desconocido.

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