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La Chica de los Trenes

A veces, cuando la pasión nos asalta y, en vez de entregarnos a ella y dejarnos llevar por su torbellino de emociones, tratamos de domarla y de imponer nuestras reglas, acabamos transformándola en algo que en nada tiene que ver con el amor y sí con la monotonía y la mediocridad.

En ese momento hace falta valentía para atreverse a cambiar la situación, a introducir una pizca de aventura en nuestras vidas.

 

Chica Trenes

La Chica de los Trenes:

Por fin sentía el traqueteo del tren. Le había costado reunir el ánimo suficiente para decidirse a hacer aquel viaje, con el cual daría algo de movimiento a su vida, acostumbrado como estaba a la monotonía del día a día y al trabajo repetitivo.

Sabía que con la salida de aquella estación daba comienzo una excitante búsqueda que no podía imaginar cuándo ni dónde terminaría.

En aquella ciudad, que estaba viendo como se iba quedando atrás poco a poco, dejaba una parte importante de su propia historia. Las vivencias de muchos años afincado en el mismo sitio: amistades, traiciones, amores, pasiones, desengaños, aventuras y desventuras con las que se podrían llenar muchos cuadernos.

En ese momento, saliendo de la estación de ferrocarriles, sentado en un asiento del último vagón, notaba la presión de un nudo en su estómago, a la vez que un sabor amargo se había apoderado de su paladar.

Se le amontonaban los recuerdos y las sensaciones contradictorias. Se le juntaba la nostalgia por lo vivido con la incertidumbre del porvenir.

Cuando arribó a aquella ciudad lo hizo montado en otro tren, y también en aquella ocasión sintió nostalgia e incertidumbre al mismo tiempo, con la diferencia de que entonces era bastante más joven. Habían pasado quince largos años desde que llegó.

El tren ya había salido de la estación. Estaba sentado mirando hacia atrás, viendo como se iban alejando los edificios. Su mente se quedó en blanco. La visión de la que había sentido como su ciudad hasta ese mismo día le sumió en un estado de hipnosis y le abandonaron los pensamientos. Se quedó mirando el contorno distante de aquella urbe, adormilado.

Cuando perdió de vista el último atisbo de civilización y el paisaje se transformó en un horizonte inabarcable de bosques y sembrados, únicamente alterado por la presencia de pequeños cortijos diseminados por la campiña, su mente volvió a ponerse en marcha y le trajo los recuerdos de su reciente pasado.

Esa tarea solía resultarle siempre dolorosa, pero, para su sorpresa, descubrió que en aquel momento los pensamientos no le hacían ya daño, podía repasar toda su vida allí sin sentirse mal. Le resultaba extraño, pero todos los años pasados en aquella ciudad que dejaba atrás, parecían pertenecer al guión de una película antigua. Era como si lo sucedido allí le hubiera ocurrido a otra persona y no a él. Así que comenzó a hacer inventario.

Cuando llegó, lo hizo pletórico de juventud, orgulloso de sí mismo, sintiéndose capaz de llevar a buen fin cualquier proyecto que se propusiera, y ansioso por tener sus primeras vivencias amorosas.

Al poco de instalarse allí, encontró por fin desahogo a sus febriles deseos en el retrete de un bar de uno de los barrios de la periferia, de la mano de una camarera varios años mayor que él. Fue la primera de muchas aventuras que tenía grabadas a fuego en el corazón. Recordó algunas: Sus idas y venidas con una panadera que le enseñó todos los secretos de la pareja. Los encuentros ocasionales con una oficinista insaciable. El amor prohibido junto a una mujer casada que le citaba siempre en los lugares más insospechados: en lo alto de un monte en plena sierra, en los servicios de un monumento turístico, en un banco del parque a la hora en que la ausencia de Sol los cubría de anonimato o en la parte más solitaria de una sala de cine en versión original.

En la estación de la que había partido el tren en el que iba montando, la misma que iba viendo empequeñecerse poco a poco, conoció al que hasta ese momento había sido el amor de su vida, la mujer con la que convivió durante un tiempo y en cuya compañía creyó que iba a envejecer. En sus recuerdos, y en su corazón, siempre la llamaría “la chica de los trenes”.

La encontró un atardecer, enigmática, sentada en un banco junto a la estación, mirando como pasaban los vagones de un tren que partía. La estudió de lejos. Tenía los ojos perdidos, aguados, fijos en el paso de aquel ferrocarril.

Se acercó a ella y, a pesar de que había otros bancos vacíos, se sentó a su lado.

Cuando el último vagón se hubo perdido de vista y ya sólo quedaba el ruido cada vez más lejano de la locomotora, “la chica de los trenes” empezó a hablar sin mirarle, parecía que estuviera dialogando consigo misma. Relató aspectos íntimos de su vida que nadie contaría en presencia de un extraño. Habló de todas las cosas que había soñado hacer y para las que nunca tuvo tiempo o valor. Contó que su padre había sido conductor de ferrocarriles y que ella llegó a aquella ciudad montada en uno. Explicó que iba allí a menudo, siempre al atardecer, a ver los trenes, porque le gustaba imaginar las vidas de los viajeros. Sobre todo fantaseaba con historias de amor que se desplazaban por los raíles, que iban y venían en los vagones

Él, abrigado por la confianza inesperada que ella le mostraba, habló de su pasado y de sus proyectos y esperanzas. Pasaron horas sentados en aquel banco, sin mirarse de frente, narrándose sus vidas. Se hizo de noche, cerraron la estación, y continuaron allí, contándose cosas inconfesables, hablando por turnos, ahondando en su más secreta intimidad y sacando a la superficie anhelos y pensamientos que creían olvidados.

La Luna Llena que reinaba en el cielo, el vacío que les dejó en el alma el desprenderse de la pesada carga de confidencias, junto con el hechizo que les unió cuando por fin se atrevieron a mirarse a los ojos, se confabularon creando entre ellos un deseo que se vio satisfecho cuando, como colofón a aquella velada, ella acabó encima de él, haciendo el amor sobre el banco de la estación.

Cuando la pasión quedó satisfecha, los cuerpos trémulos y las mentes en blanco, se separaron sin palabras, sin promesas de eternidades y sin la certeza de volver a verse. Se fueron cada uno por un camino, sin mirar atrás.

Él no pudo apartarla de su pensamiento aquella noche, y todo el día siguiente lo pasó acordándose de ella. El encuentro en aquel banco de la estación fue algo totalmente inusual, había sentido una unión casi espiritual con aquella chica. Estaba seguro, a pesar de la brevedad del encuentro, de que era la mujer de su vida. Se sentía un estúpido por haberla dejado marchar sin haberle pedido el número de teléfono.

Al caer la tarde él volvió a pasar por la estación, más por el placer de evocar lo acontecido en la noche anterior, que por la esperanza de volver a verla, pues ya se había convencido de la imposibilidad de repetir aquel encuentro.

Sin embargo, allí estaba ella, sentada en el mismo banco, viendo pasar los trenes con los que dejaba volar su imaginación.

Él se sentó a su lado. Quiso hablar, pero ella hizo un gesto con la mano para impedírselo. Iba a salir un tren.

Permanecieron en silencio mientras se sucedían los vagones, y continuaron así, callados, mirando hacia donde acababa de partir aquel tren, durante un largo rato. Luego ella continuó con su relato del día anterior. Le contó otro poco de su historia. Le habló de sus viajes con otros jóvenes, haciendo dedo y casi sin dinero. Le habló de sus amores con un profesor de la universidad con el que un verano recorrió media Europa en una autocaravana.

Le habló de ella, se abrió a él.

Él casi no dijo nada aquella vez. Cuando acabó de escucharla, se miraron a los ojos y sintieron de nuevo el hechizo. Se abrazaron e hicieron el amor sobre aquel banco, escondidos por los pliegues de la falda de ella. Después volvieron a separarse de nuevo sin decir nada, sin prometerse nada.

La historia continuó así durante dos semanas, en las que él iba al atardecer hasta la estación donde ella acababa de llegar, se sentaban juntos en el banco, contemplaban las entradas y salidas de los trenes, se contaban otro poco de sus vidas y hacían el amor, para despedirse después sin garantías de volverse a ver.

Al pasar esas dos oníricas semanas, en el trascurso de las cuales aprendieron mucho el uno del otro, él sugirió cambiar aquellas excitantes citas por algo más serio. Propuso salir juntos, pasar los días en compañía, ir al cine, salir de copas, pasear cogidos de la mano, todo lo que se suponía que debían de hacer dos enamorados.

Ella aceptó.

Tras un tiempo saliendo, alquilaron un piso cuyas ventanas daban a la estación. A veces, cuando hacía buen tiempo, se sentaban en el balcón, miraban los trenes que llegaban y que partían y jugaban a imaginar las vidas de los viajeros. Fantaseaban con bonitas historias de amor de parejas que habían escapado de su pasado y llegaban a esa ciudad montadas en el tren de la pasión y de la ilusión, otras veces imaginaban historias tristes, de personas que tenía que marcharse de aquel lugar porque ya no les aportaba nada bueno y, abandonados por el amor, todos sus recuerdos eran tristes.

Pasaban horas ideando historias y compartiendo alguna botella de vino, embriagándose de amor y de licor, sentados en el banco donde se conocieron y que él subió un día hasta el piso ayudado de unos amigos. Allí se acurrucaban juntos y, más de una vez, si hubieran encendido la luz, los viajeros les habrían sorprendido envueltos en las manifestaciones del amor.

Eran tiempos en los que vivían al día. Ambos trabajaban días sueltos en barras y cocinas de los locales de aquella ciudad. Ganaban el dinero suficiente para pagar el alquiler de aquel pequeño piso, donde la nevera siempre estaba en crisis. El único lujo que se permitían era el de comerse a besos en las noches de insomnio mientras hacían el amor sin prisas, llegando a conocer milímetro a milímetro el cuerpo del otro.

A veces recorrían juntos los bares nocturnos, se emborrachaban, reían a carcajadas por las calles y se besaban en todas las esquinas de vuelta a casa. Eran felices y estaban enamorados. A él se le dibujaba una sonrisa y se le encogía el alma al recordar aquellos días.

El destino puso en su camino un trabajo seguro con un horario fijo. Ganaba bastante dinero, podían pensar en comprar una vivienda propia en un barrio mejor. La nevera siempre estaba llena, pero él ya no tenía tiempo para trasnochar y emborracharse, no tenía tiempo para el amor. Se acostaba temprano, aunque ella se quedara en el balcón, sola en su banco, mirando los trenes marcharse.

Él empleó sus energías en tratar de cambiar el mundo de ella, que era individual, aventurero e impredecible, por un mundo de dos, donde primara la seguridad, el trabajo y el calor del hogar.

La chica de los trenes un buen día se fue porque se ahogaba. Ella le amaba e intentó cambiar su mundo por él, pero llegó el momento en que se dio cuenta de que no quería una vida corriente. No deseaba hacerse mayor al calor del hogar, con dos hijos correteando por el salón, con la pasión agotada por las noches sin dormir, en las que sola, vería partir trenes que marcharían hacia lejanos lugares, donde les esperarían nuevas vidas y nuevas historias de amor a sus pasajeros. No, no sería capaz de vivir esa vida, y sabía que el camino que estaba tomando su relación les haría infelices a ambos.

Ella siempre decía que cada tren era como una nueva vida que se marchaba para recomenzar en lugares lejanos, donde esperaban nuevas sensaciones y experiencias.

Ya habían pasado unos meses desde que ella se fue, el mismo tiempo que él había dejado de mirar los trenes.

La nota que dejó encima de su banco cuando se marchó decía: “Hay una nueva vida esperándonos en un nuevo mundo”. Al principio el resentimiento y la tristeza no le dejaron pensar con claridad en el significado de la frase, pero hacía unos días que creía haberse dado cuenta de todo.

Ella se ahogaba y tuvo que marcharse para poder respirar, pero, como le amaba, le había dejado una pista invitándole a que fuera tras ella y a comenzar de nuevo. Incitándole a un juego de búsqueda mediante el cual la aventura y el entusiasmo volverían a entrar en sus vidas.

Estaba convencido de que ella se había subido en uno de esos trenes y que estaría sentada al atardecer en un banco junto a la estación de ferrocarril de cualquier ciudad viendo pasar los vagones llenos de viajeros y de historias imaginarias.

El juego, que iba a demandar de él un cambio sustancial en la seguridad de su estilo de vida, consistiría en dar con ella al atardecer, sentarse a su lado, escuchar en silencio lo que tuviera que decir y contar después sus propias confidencias. Luego se mirarían a los ojos y el hechizo que en el pasado los envolvió volvería a surtir efecto y darían rienda suelta a la pasión bajo los pliegues de su falda.

Se cambió de asiento y se sentó de manera que ahora veía acercarse el paisaje. Lo había abandonado todo para ir a buscar a “la chica de los trenes”, y se sentía feliz por ello.

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