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Recuerdos

Hace poco me preguntaron cuáles eran mis mejores recuerdos y, sin darme cuenta, mi mente voló lejos en el tiempo y en el espacio, hasta unos primeros recuerdos, del tiempo en que no tenía recuerdos.

Recuerdos

Recuerdos:

Mis mejores recuerdos son de cuando no tenía recuerdos. Cuando mis pocos años y mi inexperiencia me ayudaban a vivir cada acontecimiento de forma natural e intuitiva.

Recuerdo, con ponzoñosa añoranza, los años de la inocencia cuando, junto a otros como yo, tomábamos las calles, armados de pelotas, chapas, peonzas y canicas. Juegos que nos duraban hasta que, una vez anochecido, las madres tomaban los balcones para llamarnos a la cena, que precedía a la cama, donde caíamos rendidos por la actividad física y el ejercicio de la imaginación. Era el tiempo de la niñez y de la inocencia.

Recuerdo, con un grato cosquilleo en la boca del estómago, la primera vez que vi el ondulante mar, erizando mi piel con su brisa salada y estimulando mi fantasía con su inmensidad.

Recuerdo los veranos eternos y rurales de mi juventud: los madrugones impuestos por la llamada de los gallos, las sanas caminatas, los digestivos higos, las copiosas comidas y las digestiones eternas, sesteando mientras esperábamos que el sol perdiera algo de intensidad para salir de nuevo a las plazuelas, donde el murmullo del agua en las fuentes amenizaba largas veladas susurrando las primeras palabras de amor.

Recuerdo, con un pellizco en el corazón, el momento del primer beso. Si me esfuerzo un poco puedo incluso sentir su sabor y el tacto de las manos de quien me besaba.

Ha habido otros besos después, pero todos supeditados a ese inigualable primer beso que me abrió el camino a un mundo de emociones maravillosas y que me mantuvo en vela toda una noche, suspirando e imaginando eternidades. Era el tiempo del amor y de la felicidad.

Ha habido otros veranos y otros amores, pero son los primeros los que evocan en mi los mejores recuerdos.

Luego, con el paso de los años, fui creando nuevos recuerdos, pero contaminados por la experiencia, que carga cada posibilidad de prejuicios y preconceptos, que nos imposibilitan para la sorpresa y el disfrute natural.

Es por eso que entiendo por qué los mayores acostumbran a olvidar siempre sus últimos recuerdos y se aferran, con uñas y dientes, a los primeros, gestados en una juventud sin recuerdos. Imagino que, con los años, uno tiende a volverse selectivo, con las amistades, con las visitas, con los lugares y, por qué no, con los recuerdos. Por eso comprendo que los mayores prefieran envejecer arropados por sus mejores recuerdos, que suelen ser los primeros.

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