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La Espera y la Costumbre

La espera y la costumbre, en el momento en que se conforman como tales, parecen volverse eternas, conchabadas con la pesadez de los días que van dando calidad de certeza a algo que antes era sólo una probabilidad.

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La Espera y la Costumbre:

La mañana ha empezado fría y cargada de nieve. Era previsible, pues la noche pasada ya empezó de igual manera.

Después de pelearme con la persiana, acostumbrada hace años a atrancarse en la mitad de su recorrido, entro a la cafetería que me ha visto madrugar cada día de los últimos veinte años.

La vieja cafetera, tan acostumbrada a mi como yo a ella, me saluda con un estornudo de vapor cuando paso a su lado de camino al cuadro de luces.

En unos pocos minutos todo estará listo para dar comienzo a un nuevo día de cafés, tostadas y aguardiente.

El frío de hoy retendrá en sus casas a muchos de mis clientes habituales, pero no podrá con los incondicionales que sienten esta cafetería unida a sus vidas, igual que uno siente como suyos los logros de los hijos o los recuerdos de los abuelos.

Pronto entrará mi primera clienta, la señora Flor, que cada mañana se levanta antes de que nazca el sol, se asea, se engalana con sus mejores y más limpias ropas y se adorna con las joyas que ha ido atesorando durante largos años de soledad y espera. Su visión sería un tributo a la elegancia, de no ser por el maquillaje excesivo y por los amarillentos dedos manchados de nicotina, a juego con los dientes que le quedan.

La señora Flor se ha acostumbrado a esperar en una de las mesas junto a la ventana, desde la que puede ver a todo aquel que se acerque a la que siempre ha sido su casa, ubicada en la calle de enfrente. Espera a que le ponga su café y su trozo de bizcocho con frutas. Luego espera a que me de cuenta de que ha terminado para no tener que pedir con la voz la copa de anís que embriaga y anestesia su más importante espera, la que cada mañana le trae hasta aquí.

Ya está entrando. El olor a colonia fresca, mezclado con ese aroma, suave y dulzón, que dan los años, llena la estancia, anunciando su presencia.

Saluda con una sonrisa y yo respondo, instintivamente, con otra y con un asentimiento de cabeza que se asemeja a una reverencia.

En unos pocos minutos se encuentra en su mesa, con su desayuno, esperando, como cada día, que el amor venga a buscarla. Un amor que llenó los primeros años de su juventud, y que se fue, con la promesa de regresar, en busca de un porvenir mejor para ambos.

Pero sucedió que el mismo amor que se volvió eterno en la señora Flor, se apagó en el pecho de su joven amante, que encontró, en un país extranjero, la vida de obrero con la que soñaba y unos nuevos brazos en los que cobijarse durante la fría y larga noche del emigrante.

Cuando la evidencia de los años puso de manifiesto que nadie iba a volver a por ella, un rictus de desamparo quedó marcado para siempre en su cara y un leve temblor se apoderó de sus manos, que su larga vida como lavandera se encargó de mantener siempre frías y agrietadas.

Se convirtió en una mujer sin palabras, sin ilusiones, sin esperanzas ni proyectos. Su juventud se tornó en vejez prematura y su cuerpo se cerró como un templo, donde no pensaba dejar entrar a ningún otro hombre.

Cuando llegó su jubilación anticipada, impuesta por las marcas que el trabajo pesado habían dejado en su cuerpo y en su ánimo, su mente y su corazón retornaron a los pocos años de su vida en que fue feliz, y encontró consuelo y ternura en la espera a la que consagró su vida, convenciéndose a sí misma de que el amor todo lo puede y armándose de narcóticas razones para mantenerse en la creencia de que el amor de su juventud volvería algún día a por ella.

Escucho el leve e inconfundible chirriar de la puerta al abrirse y vuelvo la cabeza para toparme con otro de los incondicionales de este gabinete de café y soledad compartida. Es Juanillo. Su juventud y la mía corrieron de la mano, junto a la de muchos otros chavales del pueblo. Quizás sea por eso que siento como mía su soledad de obrero en paro y abandonado a la desidia y al alcohol.

Una sonrisa sincera le acompaña a esta hora, cuando su hígado y su mente aún no han comenzado a envenenarse de abuso y de pena de sí mismo.

Juanillo se ha acostumbrado a esperar la llegada del trabajo junto a la barra que sostiene su copa de coñac y sus pesados remordimientos, nacidos de su pobreza de espíritu, que le impiden llevar una vida como la de sus hermanos.

Luego entra don Miguel, que cada mañana trae nuevos achaques y viejas tristezas que relatar a quien quiera escucharlas y a quien no.

Su pesimismo y sus ojos acuosos, siempre dispuestos a soltar una lágrima, le alargan los días hasta límites insoportables para su escaso ánimo.

Está así desde la muerte de su santa esposa, hace ya cuatro años. Aquella muerte pilló por sorpresa a don Miguel, acostumbrado a compartirlo todo, a dejarse cuidar y a cuidar, a amar y a ser amado, a chocar siempre con su mujer por los pasillos de su casa, por la cocina, a coincidir en el baño y a embrollarse con ella en continuas disputas pasajeras.

Fuera sigue nevando. No vendrán muchos más clientes con este tiempo.

Don Miguel habla con Juanillo, que sólo tiene oídos para sus propios pensamientos, funestos y culposos. Pero la evidente indiferencia de su interlocutor no molesta a don Miguel, pues su conversación es más bien un monólogo que no precisa réplica, sólo una persona cerca.

La señora Flor mira por la ventana mientras da el primer trago a su copa de aguardiente.

Yo me paso un taburete tras el mostrador y saboreo mi primer café de la mañana, mientras miro a través de una ventana contrapuesta a la de la señora Flor, que da hacia el camino que lleva hasta el colegio, donde termina el pueblo y empiezan las hileras interminables de almendros y olivos, hoy vestidos de blanco

Los días normales, cuando no nieva y la gente no se queda en casa al abrigo de las chimeneas, cuando los vecinos vienen a tomar café y la mañana se convierte en un estruendo de platos y vasos chocando entre sí, mezclándose en el ambiente con el murmullo de varias conversaciones distintas, entonces la multitud camufla la soledad atemporal de la señora Flor, de Juanillo, de don Miguel y la mía propia, escondida bajo el ajetreo del trajín diario.

En esos días los cuatro pasamos casi desapercibidos, salvo alguna que otra mirada socarrona que las personas normales echan de reojo a la señora Flor, o algún que otro comentario discriminatorio hacia Juanillo, por su vida desocupada y etílica.

También hablan de vez en cuando sobre don Miguel, cuya familia fue, en el pasado, la dueña del pueblo y de las tierras de los alrededores, y en cuya decadencia encuentran consuelo los más rencorosos.

También sé que se intercambian comentarios sobre mi. Me retratan como un personaje triste y desgraciado a causa de mi soltería. La mayoría están seguros de que, de no ser por mi trabajo en la cafetería, me convertiría en un ser taciturno, depresivo y huraño. En realidad, esto último, ya lo soy un poco.

Fuera continúa nevando.

Mis tres únicos clientes de hoy están atendidos, mi café se ha terminado y mi pensamiento no tiene nada en qué ocuparse salvo en mi mismo. Y me da miedo pensar en mi, porque sé que lo que voy a encontrar en mi interior es vacío, soledad, melancolía y nostalgia por un pasado que, no sé si fue mejor, pero sí distinto, y tengo miedo también ante la perspectiva de un porvenir donde no veo ningún cambio.

Instintivamente llevo mi mano al bolsillo donde guardo el móvil, ese artefacto con el que juego a engañar a la soledad, que hasta hace unos años no era ni siquiera una posibilidad y ahora se ha convertido en un complemento indispensable de mi vida.

Sin embargo, decido ser valiente, dejar el móvil donde está y animarme a bucear en mis pensamientos, como lo hacía antes de la era de las redes sociales de internet.

Navego entre mis propias esperas, que también las tengo, y a las que la costumbre ha ido dando valor de certeza inamovible.

Espero siempre que la vida cambie. Que un suceso inesperado me lleve hasta algún lugar insospechado, o que ponga ante mi unos ojos femeninos donde mirarme.

Eso es porque, aunque trate de engañarme a mi mismo y esconda tu recuerdo bajo el peso del trabajo diario, de las ilusorias amistades de internet y del sopor de alguna copa de más durante la noche, echo de menos tus ojos almendrados, tu piel suave del color de la canela, tu pelo liso enredándose entre mis dedos, tu mirada, tan profunda, tan tierna, tan tuya.

Se fueron tus ojos almendrados, como se irá este invierno tardío y volverán los abrigos a la compañía de las bolitas de alcanfor en los armarios. Nada permanece. La vida continúa, pese a todo, pese a ti, pese a mi, inexorable, imparable, llevándose nuestros recuerdos y nuestro paso por ella.

De repente, el aire se ve inundado de sorpresa. Aunque la señora Flor está de espaldas a mi, soy capaz de notar el cambio en el ritmo de su respiración y la perplejidad dibujada en su rostro, y es que tantos años de convivencia mañanera me han dotado de la capacidad de sentir cualquier cambio de humor entre los que están hoy aquí.

Siguiendo mi instinto enfoco mi mirada a través de los cristales, hacia la puerta de madera vieja, centenaria, que siempre ha guardado la entrada a la casa de la señora Flor, y encuentro algo inusual frente a ella. Se trata de un coche de alta gama, de matrícula extranjera. Apoyado parcialmente sobre él, un hombre cuyo pelo, escaso y blanco, deja adivinar su avanzada edad, y cuyo encorvamiento hace pensar en largos años de trabajo duro y repetitivo, se afana en escudriñar cada milímetro de la casa que tiene delante, que se ha mantenido tan inamovible en el tiempo como la espera de la señora Flor, tratando de evitar así que el más mínimo cambio pudiera confundir al hombre ante el que espera mantenerse inconfundible.

El sonido de una silla arrastrándose por el suelo nos hace a todos mirar hacia el lugar que ocupaba la señora Flor quien, incomprensiblemente, abandona su mesa antes de lo acostumbrado, dejando tras de sí el tintineo de unas monedas cayendo sobre la mesa, como pago por el desayuno y por el cobijo.

Sale apresurada, olvidando su artrosis y su bastón, llevando tras de sí la mirada sorprendida de los que quedamos dentro, que nos acercamos a los cristales para verla ir al encuentro del señor encorvado que hay parado frente a la puerta de su casa.

Cuando la señora Flor está frente al extraño, somos testigos de cómo ambos se miran con unos ojos aguados y tiernos. Entonces nosotros nos separamos de los cristales y volvemos nuestras vidas hacia el mostrador, permitiendo que la intimidad trabaje sola en el reencuentro que parece tener lugar en la acera de enfrente.

Un desacostumbrado silencio se apodera del señor Miguel y un brillo inusual nace en los ojos de Juaniillo, que toma el periódico y rebusca entre las últimas páginas, en la sección de anuncios por palabras, saca su móvil y hace una foto al apartado de ofertas de trabajo. Acto seguido sale de la cafetería.

Mi boca abierta parece asustar al señor Miguel, que dice que va a acercarse al ayuntamiento, para informarse de los horarios de las actividades para mayores, esas de las que hablan todos y de las que puede que se anime a formar parte.

Me quedo solo en la cafetería. La lluvia ha sucedido a la nieve, y el blanco estático de las aceras se está convirtiendo poco a poco en río desbordado que acabará superando las alcantarillas y anegando garajes.

Un nuevo estornudo de vapor de la vieja cafetera parece querer sacarme de mi inacción y de mi estupefacción.

La acostumbrada monotonía de la vida, que creía eterna e inamovible, se ha quebrado.

Me doy cuenta de que ha sucedido lo que llevaba mucho tiempo esperando. Un suceso inesperado ha desencadenado una sucesión de cambios que colmarán esperas y mudarán costumbres.

Me pregunto cuál será mi cambio.

Escucho el chirriar de la puerta al abrirse y me vuelvo para encontrarme con unos ojos almendrados, familiares, que caminan hacia el mostrador.

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