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Sesión Continua

Cine de Sesión Continua:

Hace ya más de veinte años que no pasaba por esta calle. Aquí, donde ahora se ubican diversos comercios de marcas de moda, se erigía, regio, un cine de sesión continua que guardaba los secretos más inconfesables.

Yo pasé aquí dentro el invierno que más me ha marcado. Cada tarde, después de mis estudios, acompañado por los vómitos de humo que exhalaban las florecientes fábricas que proliferaban por los barrios de la periferia, venía hasta aquí y entraba al cine sin importarme la cartelera.

Venía atraído por el calor de dentro más que por mi afición cinematográfica. No era el único. Con el tiempo aprendí a identificar varios rostros. En la segunda fila se sentaba siempre un hombre de abrigo largo, sombrero bajo y cara marcada por alguna pena de la que nunca supe. Más arriba, cerca del pasillo, se colocaban dos mujeres que estaba en esa edad en que la juventud aún no las había abandonado, pero en la que sus rostros no reflejaban ya la inocencia de antes. Parecían esmerarse en acumular el calor del cine para combatir luego el frío de sus humildes hogares de chachas llegadas del pueblo a la capital, embaucadas por la falsa promesa de un futuro mejor en la gran ciudad.

Yo me sentaba siempre dos filas por detrás de una joven que solía acudir al cine con sus hermanos. Sus rizos rubios y su risa fresca, que resonaba siempre que alguna escena lo requería, robaban mi atención y me volvían ajeno a la pantalla. Ella, que incomprensiblemente, parecía sentir mi mirada, se volvía de vez en cuando y me miraba, a veces incluso me sonreía. Entonces yo me dejaba engullir por mi asiento y pasaba el resto de la tarde entre ensoñaciones.

Una vez, venciendo mi timidez, me atreví a adelantarme una fila de asientos para estar más cerca de sus rizos. Poco después ella, que parecía haber estado esperando una señal, se levantó, dejando a sus hermanos absortos en la trama de una película en blanco y negro, y vino hasta mi fila de asientos para sentarse a mi lado. Me sonrió y me sonrojé. Cogió mi mano y pasamos dos películas enteras sin movernos, enlazados, como estatuas congeladas en el tiempo y el espacio.

Aquello ocurrió durante toda una semana. Luego, el invierno terminó y la chica de los rizos, junto con sus hermanos, dejaron de asistir al cine. A mi, mi padre me encontró un trabajo en una fábrica de cemento ubicada en la otra punta de la ciudad, donde me he dejado el sudor los últimos veinte años y donde me han pagado con arenilla en los pulmones y una pensión escasa para las necesidades de un hombre como yo, aún joven.

Desde aquel invierno nunca había vuelto a este lugar, donde pasé largas tardes viendo películas del oeste, vi abordar barcos piratas, me llené la vista con el paso de las legiones romanas y descubrí a Cantinflas.

Casi todas las noches desde entonces he soñado con la chica de los rizos rubios y con su sonrisa. Aunque sea triste confesarlo, aquellos días cogiendo su mano, ha sido lo más cerca que he estado nunca del amor.

Ahora aquí, frente a esta galería comercial, que fue el cine que me salvó del frío y me descubrió el amor, siento ganas de apedrear los escaparates, que se muestran ante mi como profanadores de un lugar que guardaba mis recuerdos más tiernos.

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