Literatura, Sin categoría

La Cueva

 

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La Cueva:

A veces despierto en mitad de la noche con el recuerdo de los tiempos de la cueva. Me veo a mi mismo separándome de los cuerpos sin vida de mis padres y, empujado por el hambre y el frío, dirigiéndome a la salida, saltando entre cadáveres en descomposición.

Todo empezó, o quizás sea más correcto decir que terminó, hace ya bastantes años, cuando yo era un niño que apenas había vivido lo suficiente para aprender a leer y escribir.

Sucedió en un día como cualquier otro. La gente empezó a enfermar de repente. Unas pupas berrugosas se apoderaban de sus rostros y de sus cuerpos, multiplicándose y echando raíces en las personas cercanas.

Dijeron que se trataba de un brote de sarampión mutado en un laboratorio farmacéutico y que llegó a la calle por un descuido. Otros aseguraban que se trataba de un castigo divino, como las siete plagas de Egipto. El caso es que todos murieron.

Mi familia y yo huimos a las montañas y nos refugiamos en una cueva, confiando en que las bajas temperaturas y el aislamiento nos protegieran.

Pronto llegó más gente a nuestra cueva en busca de protección y esperanza, pero inconscientemente trajeron consigo la enfermedad. En dos semanas no quedó nadie con vida, solo yo, que por algún desconocido motivo resulté inmune al virus.

Deambulé durante mucho tiempo por campos y montañas, alimentándome de lo que iba encontrando en caseríos dispersos y pequeñas aldeas despobladas, donde las alimañas habían acabado por hacer desaparecer los cadáveres.

Rodeaba las grandes ciudades sin atreverme a entrar en ellas, pues siempre tuve miedo de lo que pudiera encontrar en sus calles. No era difícil evitarlas, pues el olor a putrefacción se dejaba sentir en varios kilómetros a la redonda.

He tenido tiempo de leer muchos libros y de aprender de las épocas anteriores a esta. También , gracias a los libros, he sabido de la existencia del amor, un sentimiento que, aunque intuía, me era desconocido, pero que una vez descubierto a través de la literatura, se ha apoderado de mi en forma de mal estar, melancolía e inconformismo ante mi impuesta soledad.

A veces paso tardes enteras imaginando cómo será amar y sentirse amado. Entonces me decido a encarar nuevos caminos, en la esperanza de que me lleven a encontrarme con otros inmunes vagabundos solitarios como yo, tal vez con una mujer.

Sin embargo, han pasado muchos años ya desde que salí de la cueva y, a pesar de haber andado muchos caminos, no me he tropezado con nadie vivo.

La evidencia me dice que abandone toda ilusión puesta en el ser humano y en el amor, pero la esperanza me obliga cada día a levantarme y echar a andar.

Un día, cansado de caminar y de buscar, llegué hasta esta playa y encontré este pequeño refugio junto al mar, provisto de un almacén repleto de galletas rancias, agua mineral, todo tipo de bebidas y una habitación congelada llena de alimentos que saco al sol durante varias horas antes de cocinarlos en una pequeña barca llena de leña que hay en la puerta.

También he aprendido a hacer funcionar un aparato que emite música y gracias al cual he descubierto el rock and roll y el pop.

Aquí he resuelto quedarme a vivir, al menos hasta que se acaben las provisiones.

No estoy tan mal.

Por las mañanas, después de un baño y un rato de ejercicio, ingiero un suculento desayuno a base de galletas y refrescos cumplidos. Luego me siento en la puerta de este chiringuito a escuchar música mientras sesteo un rato. Por la tarde, en compañía de alguna bebida de las fuertes y como mero pasatiempo, leo un poco y me dedico a escribir mis memorias sin ninguna esperanza de que las lea nadie.

Con cada puesta de sol imagino una figura femenina caminando por la playa, acercándose a mi. Luego me quedo dormido y sueño con situaciones que nunca viví, con lugares que jamás visité y con un rostro de ojos almendrados, pelo castaño y piel canela que nunca encaré estando despierto, lo que me hace pensar que tal vez haya vivido otras vidas antes que esta, y que si así hubiera sido, entonces seguramente sí que he conocido el amor, aunque no lo recuerde.

Aquí me voy a quedar, arropado por la esperanza, porque si yo he sido capaz de llegar hasta aquí, quizás exista una superviviente de pelo castaño, ojos almendrados y piel canela que, como yo antes, ande deambulando de acá para allá, en busca de un amor que se le antoja imposible. Si salgo en su busca ambos estaremos dando vueltas sin rumbo en un mundo extenso y yermo, pero si me quedo quieto, en este lugar, tal vez ella dirija hacia aquí sus pasos, pues este es un bonito sitio, y los seres vivos nos sentimos atraídos por la belleza.

Mientras que llega, continuaré escribiendo, leyendo y preparándome para ella. Pues la esperanza de verla llegar me mantiene vivo.

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2 comentarios en “La Cueva”

  1. Estoy asombrada de como has confeccionado una historia, simplemente con tu imaginación
    Que por trágica que parezca, puede convertirse en una triste realidad.
    Felicidades…..estoy descubriendo que eres un escritor muy versátil y espontáneo.
    Fuerte abrazo!!

    Le gusta a 1 persona

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