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Arrugas y Primaveras

Ahora que empieza la primavera, es el momento para relatos acordes al tiempo en que se altera la sangre y cambian nuestras percepciones.

 

Arrugas y Primaveras

Por la mañana, al abrir la puerta de casa, me di cuenta: por fin el invierno quedaba atrás. El sol se colaba, sin encontrar apenas obstáculos, entre las ramas del nogal que, aún desprovistas de hojas, empezaban a despuntar.

Los pájaros que, ociosos, siempre han encontrado espacio y calma en el campo que se extiende junto a mi casa, jugueteaban excitados entre ellos, persiguiéndose unos a otros de rama en rama, felices por no tener que refugiarse de las copiosas lluvias que los han tenido callados durante semanas.

Mi vieja perrita tísica asoma entre mis piernas, precavida, esperando encontrarse con otro día gris y nublado, y declara su felicidad ante la recién llegada primavera alzando el rabo y paseándose jovial por el patio, hasta tumbarse al sol frente a la barbacoa, la cual luce las marcas del abandono al que ha sido condenada durante meses de desuso e intemperie.

La luz se cuela, intensificándose, por los cristales de la ventana de la cocina, templando el ánimo de Mercedes y arrancando de su garganta una alegre coplilla, que entona mientras prepara el desayuno. Se trata de una canción que trae a mi mente el recuerdo de otros días primaverales como este, de los que fue su alegre banda sonora.

Entro a la cocina sonriente y tratando de no ser descubierto. Me coloco detrás de la mujer que ha tenido el ánimo y el valor de acompañarme durante las últimas primaveras y la agarro por la cintura. Me sorprendo al notar su piel más blanda de lo que creía recordar, lo que no evita que mis manos, golosas, se posen en su vientre, un tanto abultado, a lo que ella responde con una leve sonrisa, sin dejar de canturrear.

El desayuno nos sirve para acariciarnos con los ojos, envueltos en esa complicidad que nos ha acompañado desde el principio y que hoy, con la llegada de la nueva estación, aumenta y nos desborda, transformándose en un estado casi telepático, que no precisa de palabras.

Aprovecho el mutismo para fijarme en los detalles, en sus detalles: en su pelo bicolor, entre moreno y canoso, en sus patas de gallo y en las bolsas de sus ojos; mi mirada resbala luego hasta el inicio de su escote, donde unas arrugas escalonadas, dejan adivinar el comienzo de unos pechos que han perdido parte de su tersura. Ella, coqueta, adivinándome, desabrocha un botón más de su blusa.

Yo suspiro y la miro. Ella suspira y me mira. Ambos sonreímos.

Después del café, con la excusa de una urgencia diurética, voy al baño y, con la puerta cerrada, me paro frente al espejo, que me devuelve las mismas marcas que he visto en el cuerpo de Mercedes, de mi Mercedes. Me pregunto: ¿Qué nos ha pasado? Y me respondo casi inmediatamente: Nada, solo el tiempo que, inexorablemente, nos va desgastando y acercando a edades que hasta ayer parecían tan lejanas, tan de otros.

Sonrío para animarme a mi mismo, para consolarme, y miro por la ventana. Fuera la vida continúa en su incesante caminar. La veo en las plantas que despiertan de su letargo y comienzan a estirarse buscando la luz y abriendo sus flores al sol, lo que es aprovechado por las abejas, que pasan zumbando entre ellas, seleccionando el mejor polen para su próxima cosecha de miel, ajenas al paso del tiempo y a todo lo que no tenga que ver con su labor.

Salgo al patio con el ánimo trastocado y me encuentro con una estampa que lo cambia todo: Mercedes, recostada sobre el poyete que separa el campo infinito de nuestro pequeño mundo compartido; su pelo largo y liso anteponiendo una sedosa cortina al sol, que se cuela entre sus cabellos, celoso de la leve brisa que los mece y acaricia mientras ella los cepilla.

Ante aquello, las arrugas, las canas o el paso del tiempo pierden importancia y ganan en significancia, recordándome el sentimiento que nos ha traído a ambos hasta aquí, hasta este lugar y este tiempo que no nos pertenece, que no sería nada sin ella, sin sus canturreos y sin sus sonrisas, que tienen la cualidad de sacar de mi mente cualquier pensamiento aciago y de devolverme al amor que nos posee.

Me acerco a ella que, cariñosa y juguetona, agarra mi mano obligándome a acercarme a sus labios, que me regalan un beso con sabor a café y ternura. A partir de ese momento vuelvo a ser yo y vuelve la primavera a endulzar mi ánimo y a despertar mis apetitos.

Poco después, despierto a la barbacoa de su letargo y prendo la leña, que serán las ascuas donde asaremos la carne que acompañaremos con vino tinto y conversación. La tarde nos encontrará risueños y embriagados, dedicados a eternizar el disfrute mutuo de nuestra compañía. Luego, con el sol buscando refugio tras las montañas, cuando los trinos de los pájaros, fatigados por el juego y el calor, nos abandonen, llevándose con ellos el recuerdo del primer día de la primavera, Mercedes y yo nos abrazaremos. Yo enredaré mis manos en sus cabellos mientras ella adapta los pliegues de su falda para abarcarnos a ambos, escondiendo a la luna el vaivén de caderas que pondrá el broche final a este día en el que habré descubierto que las arrugas y las primaveras van de la mano, sazonando la vida y generando momentos como el de hoy, que mañana será un dulce recuerdo del que no querré desprenderme.

 

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4 comentarios en “Arrugas y Primaveras”

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