Literatura, Sin categoría

La Vuelta a Casa

Retorno.JPG


La Vuelta a Casa

El agua empapaba las lunas de mi coche, repiqueteando en el techo, obligándome a forzar la vista y haciéndome olvidar por momentos la ansiedad creciente que se había apoderado de mí desde el momento en que partí, tres días antes, de la que había sido mi ciudad de adopción durante veinte años.

El miedo al reencuentro con un mundo tan añorado y tan atrás en el tiempo, me estaba amargando el camino de vuelta a la tierra de mis antepasados, en cuyos campos aprendí a laborar y disfruté de la camaradería que nace del trabajo compartido.

Ya estaba llegando. A pesar del agua y del miedo, podía ver a lo lejos la silueta de mi pueblo, con la que tantas veces fantaseé en mis noches de insomnio, cuando el motivo de mi marcha, que no era otro que la búsqueda de un futuro mejor, se me presentaba fraudulento.

Durante mi larga vida como emigrante, desperté muchas veces en medio de la noche, con el recuerdo de los ojos almendrados que lloraron el día que me marché. Recordaba la cara de su dueña y su pelo moreno, rizado y salvaje enredándose entre mis manos, provocándome escalofríos cuando rozaba mi cara, mientras jugábamos con nuestros cuerpos y con nuestra juventud. En todos mis años en el extranjero no fui capaz de encontrar otros labios tan sedosos y tan sinceros como los suyos.

Mi país de adopción me ofreció una buena acogida, un trabajo cualificado y un buen sueldo. Pero nunca encontré el calor de un verdadero hogar ni el descanso que nace en los brazos de alguien a quien se ama.

A pesar del desarraigo, el tiempo y la costumbre acabaron por anclarme a una ciudad donde siempre sería un extraño, y la inercia que suele tomar la vida con la madurez me hizo perseverar, año tras año, en el camino que elegí cuando abandoné mi verdadero hogar, aquel al que estaba regresando en ese momento.

De repente me topé con las calles empedradas donde se forjó mi niñez a fuerza de caídas y rodillas encostradas. Una sacudida de excitación me recorrió de arriba abajo al reconocer algunas de las casas de mis antiguos amigos, que aún seguían en pie, más viejas y arrugadas, pero soportando dignamente el paso del tiempo y compartiendo importancia con algunas nuevas edificaciones, ostentosas y domingueras, seguramente pagadas con dinero proveniente de ancestrales y trabajadas herencias o de corrupciones urbanísticas.

Aparqué mi coche junto al antiguo horno donde, en mi infancia y adolescencia, solía ir a comprar el pan diario y los dulces de los sábados, cuyos olores llenaban la calle y hacían resonar las tripas. En su lugar había una moderna tienda de ultramarinos.

Caminando por la calle principal, rendido ya ante la añoranza del pasado, aliada con la lluvia y la niebla que dotaba todo de un aire nostálgico, subí andando hasta la plaza donde compartían importancia el ayuntamiento y la iglesia, que con su única torre, coronaba el municipio.

Desde aquella altura se podía disfrutar de una bella panorámica del lugar.

Paseando la vista por los tejados de las blancas casas podía sentir como la culpa se me agarraba a la garganta. La culpa por haber estado ausente tanto tiempo, por haberme dejado embaucar, como tantos otros paisanos coetáneos, por engañosas promesas de prosperidad y bienestar, que nos condujeron hasta grises polígonos industriales, urbanos, desalmados y apátridas, que se llevaron, junto con nuestro sudor, el futuro del pueblo, ganándose la confianza de sus jóvenes, ingenuos y entusiastas que, ansiosos como estábamos por vivir nuevas experiencias, no dudamos en emplear nuestros esfuerzos y nuestro tiempo en cadenas de montaje, calderas, oficinas frías y ordenadores impersonales, que acabaron por robarnos las ganas, el empuje y la juventud, que se nos fue en busca de un dorado que resultó ser de un marrón tirando a gris.

Tras varios suspiros y algunas respiraciones profundas que buscaban ayudarme a recuperar la compostura y despejar mi mente, me centré en buscar con la mirada la casa de mis antepasados. Mi vista se paseó por las calles que bajaban hasta el puente que cruzaba el río y separaba el pueblo de los campos de cultivo. Un poco más allá mis ojos se posaron, como acostumbrados a ello, en el lugar donde debía de estar la casa familiar donde crecí.

La niebla y la lluvia de ese día no me dejaban focalizar la casa. Incluso llegué a pensar que, tal vez el tiempo, implacable, hubiese acabado con ella. Esa angustia me hizo agudizar la vista y, ayudado por los primeros rayos de sol, conseguí por fin vislumbrar la figura de la vieja casa, rodeada por hileras de olivos y almendros.

Desde lejos, su familiar contorno parecía conservar la dignidad y lucir igual que siempre, aunque podía imaginar, casi sentir, como el agua que empapaba el tejado estaría colándose por algunas pequeñas concavidades, que el tiempo debía de haber ido excavando entre las tejas.

Aquella vieja casa, en el pasado, había sabido dar cobijo a varias generaciones de una misma familia. Niños que se convirtieron en hombres habían jugado en su patio, durante veranos eternos, de los que yo siempre recordaría la figura del abuelo, dormitando bajo el parral, donde las avispas trataban de arrebatarle a la abuela sus tan preciadas uvas.

Cerrando los ojos podía recordar la alegría de los días ociosos, cuando el comedor era una fiesta, en la que el abuelo se encargaba de que no faltara el vino, que alegraba los corazones, animaba a la conversación y alargaba la tarde y las muestras de cariño.

Me costó unos pocos minutos, estirados y embarrados, recorrer el pueblo bajo la mirada curiosa de ancianos de ojos rasgados, espalda encorvada y pasos cortos, cruzar el puente y llegar hasta mi casa, la cual, abandonada a su suerte durante tanto tiempo, había engendrado frío y humedad en su vientre. Sus ventanas de maderas hinchadas, cerradas al tiempo y a la vida, eran como lacres que guardaban, celosos, el aire del pasado, manteniendo a salvo historias, secretos y vivencias acaecidas en las estancias de aquella casa que estaba arrancándome unas lágrimas solitarias, pesadas y espontáneas.

Caminé un poco por la casa, acostumbrándome de nuevo a ella, haciendo las paces por el tiempo de ausencia, llenándome los pulmones y el alma de aires pasados, de familia y de recuerdos.

Por fin, cuando llegué a la habitación del fondo, donde mi madre solía tararear canciones anestésicas mientras cosía, levanté la vieja persiana acuchillada por el viento y abrí la ventana al campo de mis antepasados, donde las viñas que cuidaron mis ancestros descansaban, añorando los cuidados de las manos laboriosas que antes las trabajaban y las cuidaban para ayudarlas a dar el mejor rendimiento.

Había mucho por hacer en aquel lugar, en la casa y en el campo. Yo aún era un hombre fuerte y pensaba emplear los años que me separaban de la vejez en devolver su esplendor a la propiedad familiar.

Abrí puertas y ventanas y el aire del pasado se disolvió con la luz del sol que siguió a la lluvia y que había puesto en fuga a la niebla, anunciando un nuevo día, un nuevo comienzo en mi vida de emigrante retornado, que volvía a casa y que, entre otras cosas, estaba ansioso por conocer la suerte de destino que habrían corrido los ojos almendrados que me mantuvieron despierto y vivo en la noche extranjera.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s