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Reencuentro

A veces, un reencuentro inesperado puede entrar en nuestro ánimo y en nuestra memoria haciendo temblar todo a su paso y cambiando nuestras percepciones, mostrándonos una realidad distinta a la que guardábamos en nuestros recuerdos.

 

Reencuentro

Reencuentro:

La mañana de hoy ha empezado con agua. Siempre recurro a ella cuando algo en mi mundo se tambalea.

He llenado las macetas con la vida que les proporciona el agua, que se ha derramado por sus paredes de cerámica hasta llegar a los surcos que el tiempo ha ido esculpiendo en el suelo del patio. He dejado que todo se empape bien, buscando que el frescor y la alegría de las plantas bien cuidadas entren en mi ánimo, tonificándolo. Lo necesitaba.

Ayer fue un día triste, demoledor. Empezó como un día igual a todos los demás: difuso, intercambiable, común. Sólo el sol incendiario que anunciaba la inminente llegada del verano y el evento vespertino al que había comprometido mi asistencia lo diferenciaban un poco de los demás días.

Llegué a la tarde cansado, sudoroso y con la mente aturdida y espesa por las falsas y nimias preocupaciones diarias que a veces parecen crecer y reclaman una atención y un tiempo que no les corresponde por importancia.

Cuando todo terminó me sorprendió no haberme visto asaltado por ningún presentimiento a lo largo del día, pues el reencuentro inesperado con el que me topé en el copeo posterior al evento, lo merecía.

Había soñado tantas veces con sus ojos almendrados, había pasado tanto tiempo buscando el tacto de sus manos en todas las manos que el destino había puesto en mi camino. Sus labios habían llenado mis días durante varias estaciones, en un pasado que fue nuestro, suyo, mío, de ambos. Un pasado desocupado, despreocupado y relajado, donde compartimos nuestra juventud, sumando inocencias y curiosidades.

Este patio anegado de agua fue nuestro cómplice, mudo y fiel testigo del amor que nos unió y que acabó devorándose a sí mismo.

Sentada junto a las plantas, ella pasaba horas atusando sus largos y finos cabellos, que el sol se envanecía tiñendo de oro, mientras yo descubría la poesía en el brillo que ganaban sus ojos cuando me miraban.

Fue tanto el amor y tan largo el recuerdo, que al verla ayer caminando a mi encuentro del brazo de un conocido, volvieron a mi la inseguridad y el desasosiego de la primera juventud, transformados en temblor de manos y mirada perpleja.

Crecemos y cambiamos, encontramos nuevos amores y nos hacemos otros, distintos a los que fuimos. Sé que yo amé a otra mujer diferente a la que caminaba hacia mi, a la que el tiempo debía haber moldeado y mutado. Eso lo sabía, pero con el referente de mi memoria, que todo lo guarda, ignoraba que los cambios pudieran llegar a ser amnésicos. Pues solo el olvido puede justificar la indiferencia de sus ojos marrones, cuyas pupilas vi dilatarse tantas veces, en las largas noches de verano, cuando la luna nos encontraba, en este mismo patio, enlodados en un merengue de pasión y deseo. Luego, mi incredulidad, buscó conversación y solo encontró monosílabos y convencionalismos en la mujer que había compartido conmigo largas tardes de vino y conversación, cuando el mundo era joven y nuevo y vivíamos convencidos de la eternidad de la comunión de nuestros días.

A aquel triste reencuentro le sucedió una noche insomne en cuya oscuridad no he encontrado respuesta a su desmemoria ni consuelo a mi desengaño.

La tristeza me ha llevado a buscar refugio entre la hospitalaria frescura del patio, donde todo se suaviza y los recuerdos se atenúan. Aquí, entre las plantas que año tras año renacen y reverdecen, uno puede llegar a entender que todo tiene un final y que la vida vuelve a empezar con cada primavera, con cada nuevo amor, que trae el disfrute y la febril ilusión de los comienzos, que acabarán por convertirse en nuevos recuerdos con los que combatir a los antiguos.

Por eso, más que me pese, solo puedo seguir adelante y dejar que otros ojos entren en este patio y que otras manos ocupen su puesto entre las mías, pues solo sintiendo otros cabellos escurriéndose entre mis dedos podré mitigar el ponzoñoso recuerdo de su indiferencia.

No habrá olvido, pues yo soy un hombre de memoria, pero habrá sosiego y calma y unos ojos en los que mirarme y, tal vez, el amor vuelva a llenar los rincones de este patio y la luna vuelva a ruborizarse en eternas y sudorosos noches de verano.

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