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Dulce Obsesión

balcon

Dulce Obsesión:

El año más largo de mi febril juventud, introvertida y sembrada de espinillas, fue el año que pasé obsesionado con ella, con su largo cabello dorado, sus mejillas sonrosadas y su risa encantadora que, junto con su piel pálida y su esbeltez de ninfa etérea, la convertían en un ser mágico y ajeno por completo a mi mundo común, intercambiable y mediocre.

La intensidad de aquellos días espiando cada uno de sus pasos, siguiéndola de lejos, saliéndole al encuentro a veces, disfrutando melosamente de cada segundo que podía disfrutar de la visión de su figura, han hecho que su recuerdo sea uno de los pocos, de aquella lejana juventud, en que era tan distinto al que soy ahora, que ha resistido al paso del tiempo, empeñado en perdurar en mi memoria selectiva. Es el recuerdo de un tiempo y un espacio en que siempre fuimos mejores, y no solo en juventud y belleza, sino también en inocencia, tibieza y esperanza.

Por aquel entonces su juventud y la mía corrían en paralelo, en el mismo barrio y con los mismos profesores. Esto ayudó sin duda a que pudiera fijarme en ella, pero el hecho determinante que consiguió convertirla en una dulce obsesión para mi, fue el hecho de que su balcón estuviera frente a mi ventana, confinándome en un desierto de anhelantes esperas y miradas furtivas, intensas, ocultas.

Cada mañana madrugaba para poder presenciar, desde la distancia, el momento en que se encendía la luz de su cuarto. Luego, en el instituto, entre clase y clase, recorría los pasillos amparándome en las esquinas y los huecos de las escaleras, tratando de ver sin ser visto; disimulando tras una puerta entreabierta seguía sus pasos y sus risas, alimentando mi ansiedad, mi deseo y mi sentimiento de culpa por igual.

Pasaba las tardes patrullando las calles, engañándome a mi mismo con la búsqueda de un encuentro del que huía si ella estaba cerca.

Podía distinguir su aterciopelado timbre de voz desde varios portales de distancia. Entonces recorría solapadamente la distancia que nos separaba, hasta quedar a pocos metros, observándola de lejos, mientras mis manos sudaban y mi obsesión por ella me hacía dibujar como a diabólicas criaturas adversarias a todos sus interlocutores.

A veces, haciendo acopio de ánimo y valentía, me atrevía a acercarme a ella, a pasar a su lado haciéndome el distraído. En contadas ocasiones me atreví incluso a esperar a que se fijara en mi para acudir a su encuentro y saludarla, a lo que ella respondía siempre con un saludo cortés, suficiente para alimentar mis más pretenciosas ilusiones y para nutrir mis noches de románticas ensoñaciones.

Cada noche, antes de dormir, mi obsesión me hacía vencer a la ansiedad y exponerme a ser descubierto mientras, asomado a la ventana, espiaba su balcón, esperando ver su silueta pasar entre la luz de su cuarto y la cristalera, proyectando una sombra perfecta ante mis ojos y provocándome un leve temblor de manos junto a una subida de la temperatura corporal.

Fue así día tras día durante meses. Por eso recordaré siempre la última vez que la vi antes de marcharme a dar comienzo a uno de aquellos ociosos y eternos veranos en el pueblo paterno de los que se nutrió mi juventud.

Me asomé a mi ventana por última vez, y allí estaba ella, atusando sus dorados cabellos, tendidos al sol de aquella dominical mañana veraniega, que se envanecía tiñendo de oro tan bella cortina, la cual envolvía su pálida juventud y actuaba como reclamo para estudiantes ojerosos, a los que el final de curso removía los anhelos y las emociones que habían estado sepultados durante meses bajo la pesada losa de cruentos e inevitables libros de texto.

Aquella imagen de juventud dorada ha sido, sin duda, la postal más recurrente de mi vida, que siempre ha acudido a mi mente sin cita previa, acaparando horas de sueño nocturno, asaltándome a destiempo en el trajín de las laboriosas mañanas o en la quietud de las tardes ociosas.

Después de aquel verano nunca regresé al barrio que compartíamos, ni a mi sitio en la ventana frente a su balcón. Los compromisos laborales de mis progenitores nos obligaron a mudarnos a una ciudad del norte, donde poco a poco fui ocultando su recuerdo con el nacimiento de nuevas experiencias, y fui mutando mi timidez, saliendo de mi cascarón y abriéndome al mundo común de los demás, donde encontré respuesta a mis anhelos en unos ojos negros, inmensos, que compartieron conmigo amor y paternidad, crecimiento y trabajo, y que, años después, desaparecieron de mi vida el día en que nuestro amor murió delante de un juez, que decretó el reparto de nuestros bienes conjuntos y la custodia compartida.

Y así, la vida, en su eterno transcurrir, ha ido apartándome de toda la belleza que encontré en mi camino. Y por si esto fuera poco, ayer el destino apuñaló mis recuerdos más febriles propiciando un encuentro al que hubiese preferido no comparecer.

Imposible confundirla, por el timbre de su voz, por la palidez de su piel, por sus inconfundibles ojos verdes, por el recuerdo que en mi alma dejó su aura, tan observada y tan anhelada por mi veinte años atrás.

Me la encontré desayunando en una cafetería del centro de la ciudad, embutida en un exclusivo y ceñidísimo vestido, riendo los chistes sin gracia de sus trajeados acompañantes.

Sus cabellos dorados habían perdido su importancia bajo la irreal capa de un tinte amarillo californiano; su rostro, que yo recordaba sonrosado y angelical, lucía estirado quirúrgicamente desde la frente y los pómulos; sus labios se habían abultado artificialmente y sus pechos habían ganado en volumen y vulgaridad en un quirófano brasileño.

Salí del local sin terminar mi café, con la certeza de que aquel día una parte de mí estaba de luto, pues estaba seguro de que ya no me asaltaría a destiempo el recuerdo de mi obsesión juvenil, que a esas alturas era lo único puro e inocente que guardaba mi memoria. Su lugar lo ocuparía la imagen de una mujer plastificada, cuyo afán por ocultar el paso del tiempo no hacía más que evidenciarlo y que me obligaría a matar su traidor recuerdo a base de ron con cola.

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3 comentarios en “Dulce Obsesión”

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