Literatura, Sin categoría

El Calor de Otros Veranos

Hoy he rescatado del cajón del exilio este relato que escribí hace ya algunos veranos y que, tras desempolvar y retocar un poco, quiero compartir con vosotros.

Verano

El Calor de Otros Veranos:

El sol de media tarde de este tórrido agosto baña los campos andaluces. Le acompañan, incansables, las chicharras, el canto de un pájaro cobijado bajo la sombra protectora de una higuera y el vaivén pesado y cojo de un perro abandonado que, con la lengua colgando por debajo de su morro, cargado de pulgas y garrapatas, vaga sin destino soñando un nuevo hogar.

A esta hora en que el calor de la siesta amodorra mis neuronas, mi pensamiento cobra vida propia y navega sin control, adentrándose en mis recuerdos, buscando en la memoria otros momentos como este, comparando estos largos días amarillos de verano con los de otros años, como queriendo hacerme conformar con este sol haciéndome revivir anteriores soles, pasados veranos, calores sudados en otras camas, en otras ciudades y en otro tiempo.

El primer recuerdo que trae mi pensamiento es el de los veranos de mi infancia, cuando la promesa de unos días de playa y recreo nos sacaba de Madrid en un pequeño utilitario capitaneado por mi padre, donde cabía una familia numerosa, enlatada y acalorada por la falta de aire acondicionado, y una abuela enlutada, cuyos inacabables rosarios nos acompañaban durante todo el trayecto. De aquellos viajes de sol a sol por la geografía española recuerdo los juegos de palabras con los que tratábamos de distraernos, la ineludible parada provocada por la inevitable vomitera de una de mis hermanas, el sudor de los cuerpos apretados y el olor a tabaco que nacía en el asiento del conductor.

Por fin, después de varias paradas aprovechando sombras y descargando de peso la nevera portátil que siempre nos acompañaba repleta de embutidos y zumos de frutas, la lenta y sinuosa carretera que buscaba el sur transitando por todos los pueblos que el mapa de España ponía en nuestro camino, acababa por dejarnos en nuestro destino, donde nos esperaban ociosas mañanas de playa entre cañaverales, días de sardinas asadas, paella, enormes sandías que competían cada tarde en envergadura y dulzura, digestiones eternas y siestas impuestas por un calor plomizo que daban paso a tardes de juegos y paseos en bicicleta por caminos de tierra y piedras. Al final, las jornadas acababan en largas noches al fresco de las puertas baldeadas e inacabables conversaciones vecinales.

Una sonrisa se dibuja en mis labios y siento como se me alegra el corazón recordando aquellos veranos. Noto como una neurona quiere levantarse y despertar a las demás para traer a mi mente las luchas y las responsabilidades diarias, pero yo, tratando de impedírselo, estimulo mi pensamiento para que siga volando a su libre albedrío por mi memoria, buceando en el recuerdo de otros veranos.

El pensamiento trae ahora a mi mente las imágenes de un verano catalán y rural, en la frontera entre mi infancia y mi adolescencia, donde tomé conciencia de la tierra como vientre y fuente de alimentos. Recuerdo los rostros de mis tíos surcados por incontables marcas labradas en su piel por el trabajo a la intemperie , sus manos encallecidas acostumbradas a remover la tierra, a la siembra, a la apicultura, a cuidar gallinas y matar conejos.

En aquel cortijo, o mas (como ellos lo llamaban), donde para ir de mi dormitorio al baño tenía que atravesar una sala repleta de cuadros con retratos de hombres y mujeres taciturnos, vampirescos, mientras escuchaba acechando fuera a las nubes de mosquitos nocturnos que buscaban una apertura por la que entrar, allí, poco importaba lo que pasara en el mundo, pues uno se sentía lejos de todo, en el espacio y en el tiempo, tan lejos que nada podía afectarnos.

De aquel verano familiar en Reus guardo en mi memoria el zumbido de las abejas y el olor a tierra mojada en las tardes de tormentas veraniegas que precedían a la salida del sol y a la búsqueda de caracoles.

La memoria, engañosa, vuelve cercanos y nítidos los recuerdos de estos veranos pasados hace ya muchos años.

Ahora estoy sentado mirando como el caluroso aire mueve, a ráfagas, las hojas del nogal, a cuya sombra parece haber encontrado refugio el perro pulgoso, que me mira fijamente, con las orejas gachas y el hocico entre las patas, como atento a mis pensamientos, alentándome a seguir recordando. Las chicharras siguen, ajenas a todo lo que no sea su particular ritual, con su chirriante canción que, junto con el calor, ayuda a mantener a raya a las neuronas. El pájaro que antes buscaba eco a su alegre canto en el trino de sus congéneres, descansa el pico sobre una rama de la higuera, desalentado ante la falta de respuesta.

Dos palomas cercanas, recién llegadas, que coquetean una frente a la otra, me trasladan en el tiempo hasta mi verano más febril. Siento como el corazón me da un vuelco y la sangre circula más rápido al venir a mi mente la imagen casi celestial del primer amor, encarnado en un ángel rubio de ojos verdes piel pecosa. Aquel fue el verano del comienzo de la juventud, del descubrimiento del amor, que trajo con él, como consecuencia, el comienzo de la poesía en mi ánimo y en mis cuadernos. Aquel verano fue todo agua, sal, sudor, sol, calor y largas noches de insomnio tratando de descifrar sentimientos y soledades.

Un gato ha hecho su aparición espantando a las palomas, rompiendo su coqueteo, poniendo al pulgoso en alerta y excitando de nuevo el canto del pajarillo, parapetado entre las hojas de la higuera. Incluso las chicharras han cesado en su canto por unos instantes, acompañando así la ruptura de la rutina de esta tarde plana, alterada por el gato que ahora está frente al pulgoso, mirándose ambos en alerta, midiéndose inmóviles. Por un momento el gato parece querer saltar sobre su ancestral contrincante, pero éste se estira sobre sus patas delanteras y adelanta el cuello a la vez que alza el rabo, lo que hace desistir al gato, que da media vuelta y se marcha por donde había llegado. El pulgoso vuelve a tumbarse, el pajarillo calla de nuevo, las dos palomas continúan con su coqueteo, cada una en una rama del nogal. Las chicharras retoman su canto, y mi pensamiento, que había sido desplazado durante unos momentos por pura y curiosa contemplación, vuelve a remover en mi memoria, recordándome que hubo otros veranos, otros agostos en mi vida.

Ahora vienen a mi mente los veranos de mi juventud madrileña, las mañanas dando paseos sin rumbo por mi barrio llenas de compañerismo y risas sin motivo y sin final, las siestas espiando a las vecinas que tomaban el sol semidesnudas en los balcones, las tardes de cartas en los parques con los amigos, escuchando la música salida de un radiocasete a pilas, jugando a enlazar comentarios ingeniosos con los que impresionar y llamar la atención de las chicas que se sentaban junto a nosotros en el césped y que merecían una página en los cuadernos de poesías y relatos dedicados a amores contrariados, inalcanzables y platónicos que rellenaba por entonces.

Aquellos veranos de mi juventud eran compartidos entre Madrid y un pequeño pueblo de la provincia de Granada, donde siempre me esperaba la magia y la inmensidad del campo andaluz, donde madrugaba para aventurarme en largas y sudorosas excursiones campestres planificadas por mi padre, donde aprendí a montar en moto, a fumar y a beber, donde hice grandes y perdurables amistades.

Ya ha llovido desde entonces, pero recuerdo vívidamente, con nostalgia, la exaltación de la amistad; las espigas amarillas y los pinchos secos que arañaban mis piernas mientras buscaba un escondite para fumar; la humedad, el calor y el levitar de mis primeros besos pasionales. Recuerdo también las noches mágicas escuchando historias increíbles para cualquier otro lugar que no fuera aquel pequeño pueblo de fantasía.

La melancolía ha llegado para llenar esta tarde, y el pulgoso, como solidarizándose con mis sentimientos, emite un pequeño ruido parecido a un sollozo, bajo la mirada atenta del pajarillo y el sonido continuo y sin freno de las chicharras, que parecen no necesitar aire. Las palomas, huyendo de mi añoranza, han volado hacia otras sombras donde continuar sus juegos. Mis neuronas parecen ya acomodadas en su sueño y el pensamiento continúa libre, recorriendo recuerdos e inventariando veranos.

Los recuerdos de los largos veranos despreocupados dan paso al recuerdo fugaz de otros veranos menos ociosos, trabajando en bares, cafeterías y restaurantes granadinos. Días saturados de trabajo y noches largas repletas de sudor, alcohol, frivolidades, luces de neón y ojos vidriosos de pupilas dilatadas que buscaban respuesta a su propia soledad en el refugio de la soledad ajena.

Estos últimos veranos, quizás por su cercanía en el tiempo, me resultan menos melancólicos e interesantes. Igual parece sucederle al pulgoso, que se ha levantado, se ha sacudido el calor de la tarde a la vez que dos o tres garrapatas y se marcha colina arriba. Al pajarillo ya ni le escucho ni le veo, debe haberse marchado también. Las chicharras han comenzado a aflojar su canto, haciéndolo más suave y a intervalos, a la vez que el sol empieza a bajar en el horizonte y las sombras tienden a alargarse.

La casa tras de mí clama por la apertura de puertas y ventanas que dejen entrar el aire capaz de disipar el calor acumulado durante el día.

Me espera la ducha para darme nuevos alientos, renovar mis fuerzas, despertar de una vez a las neuronas y dejar descansar el pensamiento veraniego que me ha llevado de sol en sol, calentándome con el calor de otros veranos, trayéndome de nuevo el sabor de los besos juveniles junto con el olor de la tierra mojada y las imágenes de playas y cañaverales que poblaron pasados agostos.

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7 comentarios en “El Calor de Otros Veranos”

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