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La Última Mudanza

La Última Mudanza:

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Espero que esta sea mi última mudanza. No aguanto más el trajín de cajas y muebles, de ropas y electrodomésticos, de furgonetas de alquiler, contracturas musculares y multas de aparcamiento. Aunque es cierto y curioso que, a pesar del ajetreo inicial, esta vez he llegado a mi destino ligero de equipaje, y es que mi nuevo hogar es chiquito, apenas entro yo con mis más íntimos aperos.

Por más que trato de recordar no creo haber elegido yo este enclave, más bien estoy convencido de que otros, que me quieren y me sufren, lo han elegido por mí como el mejor lugar para echarme de menos. Los mismos que vendrán a visitarme un par de veces al año al principio, luego una, después ninguna. Sin embargo he de reconocer que, por decisión suya o por casualidad, han elegido bien, pues por las tardes el sol, aún sin atreverse a entrar e iluminar mi estancia, calienta la puerta relajando mis huesos y ahuyentando la humedad solitaria en que vivo.

Aunque llevo aquí poco tiempo, ya voy conociendo el barrio y a sus habitantes. De día no tienen mucha vida ni el uno ni los otros, pero de noche, aún manteniendo la mortal calma que reina en todo el recinto, salen todos, o casi todos, a pasear sus neurosis, cada uno embutido por una realidad distinta, que es irrealidad para los demás, ajenos todos a la labor de cada uno, pues los hay que se creen enzarzados en labores inacabables por inacabadas, hay quien corre apurado a citas que nunca se darán porque nunca se dieron, quien recita versos a un amor centenario cuyos frutos ya caducaron, y otros cuantos que se creen presos en este barrio y se desesperan por salir a un mundo que ya no les pertenece, que se les escapó, como su tiempo en él, o el tiempo en ellos.

Yo aún no sé bien qué hago aquí ni como llegué, pero presiento que esta sí que va a ser mi última mudanza. Así que trataré de acostumbrarme pronto a este vecindario de singularidades y eternidades, donde cada uno es lo que fue en el momento en que dejó de serlo, y donde presiento que voy a pasar mucho tiempo, si no todo. A mi, por mi parte, mi mente, o su espíritu, me apresta a darme prisa con la mudanza, y cada noche me levanto de mi nicho y, rodeado de realidades ajenas, me apresuro a preparar cajas, a cargar muebles y a discutir con los operarios del servicio de mudanzas, y cada noche termino escuchando una música de piano, del piano que fue mi vida y mi pobreza, engulléndome, cayendo sobre mi, devolviéndome a esta cama que es mi nicho, de donde saldré mañana a organizar de nuevo la mudanza que me trajo hasta aquí.

1 comentario en “La Última Mudanza”

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