Literatura, Pintura, Sin categoría

Ángel de Alas Rotas

Este relato está inspirado en el dibujo original de mi socia Sara S.C. Aniorte que podéis ver aquí.

A veces el choque frontal con una realidad reveladora que evidencia nuestra equivocada idea del mundo nos hace huir y escondernos, retirarnos a un rincón a lamer nuestras heridas…

Ángel

Ángel de Alas Rotas:

El día comenzaba en un banco que recogía los pocos rayos de sol que las copiosas nubes dejaban escapar entre sus algodonadas formas.

 

Frente a ella estaba el portal sucio, mohoso y abandonado que le había servido de escondite durante las noches anteriores, nutriendo de frío a su garganta y de humedad a su nariz, que había amanecido roja y acuosa, contrastando con la palidez y frialdad de mármol de sus manos.

 

Tras ella se extendía un parque de esos cuidados a medias, de arbustos secos y columpios desconchados y huérfanos de risas.

 

El mundo, su mundo, había cambiado en pocos días. Las mismas manos a las que se había agarrado para pasear su amor y su juventud habían terminado por rechazarla, acabando con un amor que nació para no tener fin. De aquel rechazo surgió su propio repudio, que provocó su huída del hogar y de la familia, de la autocompasión y de la lástima.

 

Desengañada de la vida y del amor le tocaba transitar por un mundo que le había sido ajeno hasta hacía poco, el mundo de los olvidados, los desheredados, los desamparados, el mundo de la gente que no espera nada ni quieren que los quieran.

 

En su presente veía reflejado su futuro. Un futuro de bancos húmedos, portales fríos, vino barato, miradas bajas, manos estiradas con las palmas abiertas a la vergüenza y a la limosna, desolación, desierto, soledad.

 

Estaba sola con su ángel de la guarda, un ángel de alas rotas, confundido, desorientado, vencido, derrotado por los mismos dolores que la martirizaban a ella y que la volvían sorda y muda, incapacitándola para cualquier esfuerzo mayor al de respirar. Y sin embargo, solo en aquel ente, que no tenía sentido ni tiempo sin ella, representado en su enfermiza imaginación en la figura de un ave fénix, capaz de renacer de sus propias cenizas, encontraban impulso sus pies para seguir caminando, pues su alma solo alcanzaba consuelo en la creencia de que cuidándolo a él sería ella misma capaz de remendar su corazón y renacer.

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