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Ovejas y Musas

 

Ovejas y Musas:

Rebaño

La mañana, con sus trajines mundanos y ajetreos caseros, ya se ha marchado tras la estela del apaciguador sol del mediodía, dejando el camino libre para una tarde llena de dudas, a las que es imposible eludir desde el retiro rural que me he impuesto como camino para encontrarme conmigo mismo.

La taza de café humeante que acabaré tomándome frío y el cuaderno garabateado con los pensamientos de otras tardes de búsqueda, me instan a perseguir la compañía de las musas para encontrar respuestas. Las musas: esos seres etéreos y caprichosos que aparecen a deshoras, alterando realidades y cambiando el relato de mis bolígrafos, y que ahora parecen invitarme a levantar la cabeza de la blanca inquietud de un papel virgen y a seguir su vuelo tras la ventana, persiguiendo el eco del sonido metálico de los delatores cencerros que cuelgan en los cuellos de las decenas de ovejas que forman el pacífico rebaño que desfila frente a mi casa, compacto, rítmico, confiado en el camino que le marcan los fieles y disciplinados perros pastores.

Veo pararse el bloque en un remanso de sol vespertino que existe al lado de las higueras bajas, desprovistas de hojas por este otoño picarón que juega a desnudar las ramas de los árboles, que dormirán su esqueleto hasta que el sol de la primavera despierte sus ansias de vida y de belleza.

Abstraído ya de mi cuaderno juego a buscar diferencias entre las algodonadas ovejas que rasuran el suelo, negando a la incipiente hierba la posibilidad de marchitarse en el aire. Sin embargo, cuando creo diferenciarlas, apenas se mueven un poco, vuelvo a confundirlas.

Me sobresalta el chiflido del pastor que, provisto de zurrón y garrote, y seguro de ser obedecido, da la espalda al rebaño mientras camina de vuelta a casa, cansado, casi visualizando el frescor tonificante de la ducha, la tregua del vino, la cena y el descanso del sueño, aunque con la cabeza puesta ya en el afán del siguiente día.

Las ovejas, sumisas, encauzadas por los ladridos de los obedientes canes, regresan al establo, que es su único hogar conocido y que les ofrece la seguridad de unos muros donde no pueden entrar las alimañas, el cobijo de un techo y el regocijo de ver su sueño reflejado en el sueño de todas.

Ya están casi fuera del alcance de mi mirada cuando suspiro y, impulsado por la responsabilidad que creo tener con mis bolígrafos, hago el simulacro de volver a mi café, ya frío, y a la sudorosa incertidumbre de la hoja en blanco. Pero en el momento de girar la cabeza y el pensamiento me encuentro con la imagen esperanzadora de una oveja solitaria, de caminar lento y errático, aparentemente ensimismada con el entorno, que viene a pararse junto al viejo nogal, en el momento en que el atardecer torna anaranjada la luz del sol y las bandadas de pájaros vuelan cuesta abajo, corriendo a beber agua en los riachuelos, antes de buscar el grato cobijo de las altas y silenciosas ramas que habitan en la infinita oscuridad de la bucólica noche.

Mi espíritu romántico, que se alimenta de sueños y fantasía, cree ver, en el caminar errático de la oveja y en la soledad de su descanso, esperanza de libertad y capacidad para andar otros caminos. Incluso me parece descubrir en sus ojos un brillo distinto que no percibí en los opacos iris del rebaño.

Sin embargo, el desengaño llega en el momento en que las sombras se hacen más largas, justo antes de que toda luz desaparezca. Entonces la oveja solitaria se levanta, mira a todos lados, como eligiendo un camino; pero no está escogiendo, si no buscando, tratando de reconocer el sendero que diariamente la lleva hasta el descanso del rebaño. En ese momento me doy cuenta de que la solitaria oveja que se presentaba anárquica en mi imaginación es, apenas, una oveja rezagada que toma el camino donde le esperan el mismo ordeño, los mismos sueños y el mismo fin que a sus hermanas, todas convencidas de que no hay más vida que la del rebaño ni más caminos a la tarde que el del corral.

Cuando la oveja se pierde de mi vista, llevándose toda esperanza de libertad con ella, mis manos quedan abiertas en el aire, con las palmas mirando al techo de este cuarto que comprime mis ansias de libertad y mis anhelos de diferencia. Las musas regresan, sigilosas, consoladoras, tiernas, a posarse sobre el poyete de mi ventana, y me hablan en voz baja, calmando el palpitar de mis sienes y animándome a volver al papel en blanco, donde me parece estar viendo ya un cuento de rebaños, soles y caminares…

 

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2 comentarios en “Ovejas y Musas”

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