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Un Mundo Propio

Vivir en un mundo aparte es, a veces, lo más corriente.

Un Mundo Propio:


escritorio

Ya había hecho sus ejercicios mañaneros, consistentes en un pequeño calentamiento gimnástico, se había duchado y había practicado sus diez minutos de meditación, que la ayudaban a enfrentarse al día con calma.

Estaba tomando su desayuno mirando la vida de fuera a través de los cristales de la ventana del zulo de opositora que se había convertido en su mundo hacía ya tres años.

Había preferido vivir en un piso aparte del de sus padres, y en una ciudad distinta, para evitar la contaminación emocional, poder vivir sus rarezas con total intimidad y dedicarse en cuerpo y alma a la tarea de memorizar temarios, con la finalidad suprema de sacar la plaza de bibliotecaria cuanto antes, aunque ya habían pasado cuatro convocatorias sin conseguirlo, con buena nota, pero sin plaza.

Para sus padres también debía resultar más cómodo tenerla lejos y no verse obligados a lidiar con su mal humor y con las contestaciones salidas de tono que le nacían siempre que discutía con ellos, que pagaban con gusto el alquiler del piso que la mantenía alejada y que les permitía inventar, frente a vecinos y amigos, un presente fabulado para su hija.

Ella, Alicia, había acabado por acostumbrarse al retiro de su vida opositora, a pesar de no sentirse agusto con ella, cosa que no le molestaba en exceso, pues era una mujer muy metódica y disciplinada, capaz de organizarse e implantar un orden en cualquier situación que le colocara el destino.

Además, el inconformismo no tenía cabida en su ánimo de mujer acostumbrada a esconderse y a vivir ajena a las pasiones del mundo y de los hombres. No recordaba haber sido nunca feliz, si es que existía ese estado del alma o del cuerpo. De niña, lo más cerca que estaba de ser feliz, era cuando se enclaustraba en la seguridad de su cuarto cerrado por dentro, donde se valía del ordenador y de sus libros de cuentos, que en su adolescencia cambió por los de autoayuda, para esconderse de la realidad de la calle, que siempre fue cruel con ella, pues creció escuchando apelativos como “cuatro ojos” o “¡mirarla, parece la novia de Michelín!”. De manera que nunca encontró su sitio entre los grupos de chicas de su edad, a los que se acostumbró a rehuir y esquivar, tratando de no pasar nunca por los lugares que frecuentaban. Solo alcanzaba cierto grado de amistad con otras excluidas como ella, que se quedaban a su lado hasta que conseguían hacerse un hueco en alguna de las pandillas, y entonces se sumaban a las que se mofaban de ella, con el añadido de que conocían sus intimidades y no dudaban en airearlas si con ello esperaban encontrar un espacio para la risa.

En el instituto tuvo un par de novios, a los que también usó para esconderse: era más difícil meterse con una chica que tenía novio.

Tomó un trago de café mientras observaba, acodada en el poyete de la ventana de su opozulo, a los pobladores del parque que se extendía frente a ella, y que cada mañana eran los mismos. Ese era el problema de su vida, que todo era siempre igual, sin grandes alegrías ni grandes tristezas, sin pasiones, sin crisis emocionales, sin amor. Nunca supo enamorarse, tal vez porque siempre vivió aparte de los demás y no compartía las mismas percepciones ni emociones que la mayoría. Incluso en las épocas en que tuvo pareja, fue tan solo por una cuestión de protección o, a lo sumo, de curiosidad.

A veces tenía la sensación de que aquel piso de las afueras de la ciudad iba a conformar su último escenario, pues el tiempo alteraba sus leyes cuando se sentaba a estudiar sobre la mesa que aquella mañana llevaba ya un rato esperándola. En ocasiones había llegado a olvidar en qué día de la semana vivía, e incluso si había comido o cenado, y tenía que levantarse a mirar por la ventana para saber si era de día o de noche. Sí, seguramente aquel sería su final, entre libros, temas y legislaciones aburridas, que no estaba segura de que le fueran a ayudar a desempeñar mejor el trabajo para el que se estaba preparando.

Entonces un pensamiento extraño cruzó su frente: ¿Y si estuviera ya muerta y no se hubiera dado cuenta? Podía haber sucedido mientras dormía y no haberse percatado de ello. ¿Y si su castigo por una vida desaprovechada, por no haberse animado a tomar otro camino, a vivir la vida de otra manera, consistiera en repetir eternamente, día tras día, las tediosas rutinas mundanas que habían acabado por ser su castigo en la otra vida?

Se entretuvo pensando en esa posibilidad: ¿Cómo podría saber si estaba viva o muerta? Podía tirarse por la ventana, y si acto seguido reaparecía en aquel cuarto de estudiante ojerosa, significaría que ya estaba muerta antes, pero no sería serio lanzarse al vacío desde un primer piso se dijo, y rió para sus adentros ante su ocurrencia, que era la primera cosa graciosa que pensaba en semanas.

Se estaba volviendo loca. Sabía que era cuestión de tiempo que pasara: la soledad, los libros, la falta de conversación, el aislamiento, habían acabado por cortar todos los cabos que la mantenían unida en uno u otro aspecto al mundo de los demás, de manera que, si no estaba muerta, en cualquier caso sí que estaba viviendo en otro mundo, un mundo propio.

Dio un último trago al café y resolvió ponerse a estudiar de inmediato para evitar ese tipo de pensamientos, bueno, en realidad, para evitar cualquier tipo de pensamiento.

Cuando estaba apunto de entregarse a la disciplina de su mesa de estudio lo vio pasar frente a la ventana: era el hombre al que habían desahuciado aquella misma mañana del piso contiguo al suyo. Alicia había sido testigo de todo a través de la mirilla de su puerta. La policía, junto con unos señores trajeados le habían dado la notificación y habían esperado a que abandonara, sin oponer resistencia, el piso que había sido su hogar, del que salió arrastrando una maleta que dejó en casa de la señora Virtudes, la vecina más veterana del bloque.

Había mantenido una relación unilateral con aquel hombre con el que nunca había cruzado más de dos palabras, pero a cuyos sonidos al otro lado del tabique ínfimo que los separaba se había acostumbrado. Durante el día escuchaba su radio con las noticias, podía oír el ruido de su ducha e imaginarlo bajo el agua y sentir el portazo que seguía a su huída de la casa, adonde solía regresar cuando cerraban todos los bares, siempre solo.

De madrugada, cuando la noche se le hacía eterna, Alicia, sentada sobre su cama, con el desalentador abrazo de la almohada sobre su vientre y con los oídos abiertos a los sonidos nocturnos, escuchaba un golpear de cubitos de hielo cayendo en un vaso de cristal, al que seguía el sonido líquido del whisky rellenándolo. Aquel era el sonido de la soledad de aquel hombre.

Ahora lo veía pasar por el parque, atravesando a todos con su mirada, tal vez creyéndolos partícipes o culpables de su desgracia, tal vez tratando de encontrar en los demás un nexo de unión consigo mismo.

En la realidad de aquel hombre había encontrado un presente más deprimente que el suyo, aunque pensándolo mejor, incluso en la vida de ese hombre solitario, de caminar pausado y mirada penetrante, había movimiento, en forma de desahucio, de incertidumbre, de exclusión, de derrumbe, pero movimiento. En su vida nada empeoraba ni mejoraba, ni siquiera estaba segura de querer mejorarla, de querer cambiar algo o de querer aprobar su oposición. Sacar su plaza la llevaría a un trabajo apacible y amable en una biblioteca publica, donde apenas podría hablar con nadie mas que por señas, y de donde saldría cada tarde, una vez cumplidas sus obligaciones laborales, para encerrarse en un piso parecido a aquel en el que estaba, donde al menos existía una meta ante ella, un peldaño más que subir, que dejaría de existir en el momento en que sacara su plaza.

Suspiró, tratando de sorber las lágrimas que estaban apunto de brotar bajo los cristales de sus gafas, y miró hacia su zona de estudio. Estaba todo: los libros, los folios, bolígrafos, marcadores de colores, una botella grande de agua, un paquete de pañuelos y el teléfono móvil. Podía sentarse a estudiar durante horas, sin tener que levantarse más que para ir al servicio.

Se sentó colocándose el cojín de la espalda y abrió el libro por donde lo había dejado el día anterior, ¿o había sido hacía un rato? Daba igual, lo importante era continuar y perseverar. Se centró en su cometido y se olvidó del mundo de fuera, del de los otros.

Para cuando salió de la mesa y volvió a pasar frente a la ventana, la tarde estaba cayendo, tintando de naranja y rosa las escasas nubes que sobrevolaban el parque. Aquello sí era igual en su mundo y en el de los otros. Al menos ella lo creía así. Las puestas de sol eran bonitas para todos Alicia sentía el mundo pararse en cada atardecer y la magia del momento solía arrancarle suspiros y pestañeos melancólicos.

Cuando salió del ensoñamiento su mirada volvió a encontrarse con la figura del desahuciado, sentado en uno de los bancos de piedra del parque con un cartón de vino peleón entre las manos.

Sacudió la cabeza y continuó su camino hasta el baño, de donde regresó, con la uretra vacía, y se acopló de nuevo en su silla, donde aún le esperaban unas horas más de estudio antes de que el sueño le enrojeciera los ojos y le juntara las líneas, obligándola a darse un descanso.

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2 comentarios en “Un Mundo Propio”

  1. Sí, creo que cada uno vive en su mundo que fabrica en parte con sus hábitos de dedicación.
    Pienso que el hábito sí que hace en buena parte al monje. Me refiero al hábito como costumbre o disciplina, no al hábito como vestimenta.
    Conecto muy bien con los mundos que describes.
    Un abrazo.

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