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Sofía

Sofía

Sofía

Se había despertado temprano, siempre lo hacía, pues a pesar de no tener un trabajo al que acudir, le había quedado la costumbre de cuando lo tuvo, y además, así se permitía disfrutar de una infusión mirando a través de los cristales de la ventana, en ese momento en que las luces artificiales empiezan a perder importancia ante el nacimiento diario del sol, que se lleva los fantasmas de la noche y trae la promesa de nuevas posibilidades.

Como cada mañana, se quedó mirando las cápsulas de colores que le recetaran en la consulta de psiquiatría. Todos los días luchaba con la idea de no tomarlas, discutía mentalmente consigo misma las ventajas y desventajas de aquellas pastillas que aletargaban sus pensamientos y amortiguaban sus pasos, para acabar tomándolas con el último trago de su manzanilla.

Tras ese ritual daba comienzo su día. Tenía unos minutos hasta que despertaran sus pequeños: dos gemelos cuya llegada al mundo aceptó en su momento como una doble bendición, y que ahora, con sus recién estrenados dos años, estaban para comérselos.

Arregló un poco la casa, tomó una ducha y preparó el desayuno. Para entonces los niños estaban ya con la boca abierta, reclamando atención y comida.

Mientras los alimentaba y los adecentaba para salir a la calle, Sofía los miraba dulcemente, cantando fragmentos de viejas canciones infantiles que estuvieron presentes en su propia infancia, y que la ayudaban a espantar los pensamientos que a veces tomaban su mente al asalto, y que la hacían temblar y sudar, mostrándole su lado más oscuro, obligándola a pensar en monstruosas situaciones. Entonces lo hacía todo más rápido, de forma nerviosa y enfermiza, casi histérica.

Una mañana que no fue capaz de controlar su mente fue lo que la llevó a la consulta del psiquiatra, donde se vio incapaz de explicar sus emociones. ¿Cómo se le cuenta a un desconocido con una bata blanca que una pueda llegar a odiar lo que más ama? Así que regresó a casa con dos frascos de pastillas y una inyección en el brazo que la tuvieron todo el día sentada en el sillón, con la mirada perdida y la mente vacía, incapaz de responder a los llantos de sus hijos, que atrajeron a un pelotón de vecinos que se amontonaron en la puerta haciendo todo tipo de suposiciones, y que acabaron llamando a su hermana.

Su hermana era la que siempre le salvaba, y después de aquel episodio nunca la dejaba del todo sola, ejerciendo con celo su papel de hermana mayor. La llamaba varias veces al día y aparecía cada domingo con regalos para los niños, un poco de dinero para ella y una retahíla de consejos y recomendaciones que había ido recopilando durante la semana. Ella era quién le había regalado el carrito en donde estaba colocando a sus dos ángeles rubios en aquel momento.

Trataba de bajar la escalera sin hacer mucho ruido, procurando escapar al inevitable encuentro con la señora Angustias, que cada mañana abría la puerta de su casa justo en el momento en que ella pasaba por delante, deshaciéndose en carantoñas con los niños y diciéndole a ella lo guapa que estaba aquel día.

Luego, en la calle, le pasaba algo parecido con el panadero de la esquina, que por muy abarrotado que tuviera su negocio, siempre encontraba un momento para salir a su encuentro con dos bollitos para los niños y hacer algún comentario sobre el tiempo, o sobre la subida del precio de la harina, mientras miraba a Sofía con ojitos de cordero degollado.

Por fin, una vez cruzaba la calle y se encontraba frente al parque, quedaba libre de encuentros y conversaciones para los que no tenía ánimo.

Si la climatología lo permitía, llevaba a los niños a la zona de juegos más vieja y solitaria, donde los dejaba sobre la arena mientras ella hacía una rápida pasada visual alrededor de ella, para cerciorarse de que todo seguía igual al día anterior: los abuelillos con sus conversaciones de siglos, los paseantes ociosos caminando con la cabeza gacha y los ojos perdidos en su interior, las papeleras llenas de los cartones de vino que calentaran el ánimo de los ocupantes nocturnos del parque, y la chica de siempre, Alicia, la eterna estudiante, asomada a su ventana a la misma hora de siempre, a la hora en que las pastillas estaban haciendo su efecto, y la cabeza de Sofía comenzaba a abotargarse. En unos minutos todo le parecería más leve, casi ajeno, como visto desde fuera. Le quedaban unos instantes de lucidez que siempre dedicaba, invariablemente e inconscientemente, a recordar su vida antes de las mañanas del parque, cuando madrugaba cada día para ir a la oficina y se esforzaba por dar valor a sus cualidades profesionales. Era un tiempo en el que su cabeza funcionaba a la perfección y no había cabida para pensamientos contradictorios ni funestos. Un tiempo en el que hubo amor en su vida. ¿Hubo amor? Sí. Realmente estuvo enamorada de su exmarido, que pareció encontrar en el nacimiento de sus hijos un motivo para salir a la carrera, y que ahora le mandaba, escrupulosamente cada primer día de mes, la pensión compensatoria con la que callaba su conciencia y podía vivir sin culpa en su nuevo hogar, en otra cama, con otra mujer…

Sofía cerró los ojos fuertemente, apretándolos, arrugando sus párpados, y los abrió de repente, queriendo encontrarse una realidad distinta a la suya. Pero allí estaba ella, con sus dos ángeles rubios jugando a morderse junto a los columpios, con su inexistente vida laboral y su huida de cualquier contacto humano. ¡Cuánto podía llegar a cambiar el mundo en una sola vida!

Buscó algo en lo que centrarse para escapar del vacío que amenazaba con abordarla, y echó mano de su teléfono móvil, hundiendo su atención en las redes sociales, donde todos colgaban las fotos de sus viajes por el mundo, exhibiendo sonrisas y morros alzados, entregándose a exuberantes festines o abrazándose a sus parejas.

Entregada a aquella lobotomizadora actividad el tiempo pasaba y tal vez, en una de sus vueltas, por esas cosas que pasaban a veces y que una no sabía explicarse, el destino la llevara a una nueva vida, distinta, donde pudiera volver a ser más Sofía.

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