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Manuel

Pan

Manuel:

Todos los días, a las cuatro de la madrugada, sonaba el despertador de Manuel, alterando el silencio oscuro de la noche y contribuyendo a que el árbol que pegaba a su ventana fuese el menos cotizado por los pájaros del barrio.

Realizaba, mecánicamente y con los ojos aún cerrados, las primeras actividades de la jornada: levantarse, calzarse las zapatillas, caminar hasta el baño, limpiarse los dientes y lavarse la cara, momento en que abría al fin los ojos a la realidad.

Cuando salía a la calle de su barrio y marchaba hacia su negocio, caminaba casi de puntillas, en parte por no despertar a los vecinos, y en parte por miedo a llamar la atención de algún maleante trasnochado. Pero nunca se encontraba con más sonidos que los provocados por el goteo de alguna tubería o algún ronquido esporádico proveniente del parque que había frente a su panadería, que acogía y agrupaba el sueño de vagabundos, dementes y obreros caídos en desgracia.

Manuel era panadero porque su padre era panadero, y porque el padre de su padre también lo fue, y porque, probablemente, el padre del padre de su padre también fuera panadero, así que de algún modo su destino estaba marcado desde antes de nacer.

Una vez en el interior de su local el tiempo pasaba rápido. Los hornos cogían temperatura, los bollos entraban y salían, llegaba Joaquín, que preparaba el despacho para la atención al público y colocaba los productos en los estantes y, a las siete en punto, se abría la panadería y empezaban a entrar los primeros clientes, atraídos por el tierno olor del pan recién hecho.

Manuel se entregaba en cuerpo y alma a su labor, sin cuestionarse nada, como un robot programado para el trabajo y la conformidad. Aquella actividad le resultaba reconfortante, le abrigaba el ánimo y le dotaba de cierto orgullo obrero. Pero poco antes de las diez su estado de ánimo cambiaba, la ansiedad hacía presa en él y la impaciencia le transformaban en un ser sordo para los clientes y ciego para todo lo que no fuera el portal por donde cada mañana solía aparecer Sofía, la niña de ojos avellanados de la que se había enamorado cuando ambos tenían nueve años y sus madres compartían conversaciones eternas y banales, mientras ellos, obligados a estancarse junto a las faldas maternas, se miraban en silencio a los ojos, estudiándose, conociéndose sin palabras.

A esa hora, cada vez que el portal vigilado por la mirada de Manuel abría su puerta, el tiempo y su corazón se paraban, se congelaba el aire en sus pulmones e incluso los hornos contenían la respiración.

Cuando Sofía salía a la calle, empujando el carrito donde sus gemelos abrían los ojos a un mundo aún nuevo para ellos, Manuel se sentía catapultado y, haciendo gala de la rapidez del pistolero más rápido del oeste, con un movimiento de muñeca casi imperceptible, se hacía con el par de bollitos que había seleccionado y apartado unos momentos antes y salía a la calle a la carrera, entorpeciendo el paso de la mujer de la que siempre había estado enamorado. Ella se hacía siempre la distraída y trataba de pasar mirando hacia otro lado, e incluso aceleraba el paso cuando él se aproximaba, como huyendo, lo que Manuel atribuía a una coquetería juguetona y se plantaba frente a ella con la excusa de los bollitos para sus niños y comentarios sobre el tiempo o sobre su negocio que no encontraban más respuesta que una sonrisa rápida y un gesto con la cabeza.

Manuel se quedaba contemplando la huída de Sofía, su cabello liso, su nuca, su figura que parecía haber mejorado con la natalidad, y regresaba calmado y risueño a sus quehaceres laborales, a los que se entregaba con energías redobladas después de aquel encuentro esperado y buscado.

Luego, todo era rutina: el descanso de las dos, el menú diario en “Casa Paco”, el café, las conversaciones con los parroquianos, el pacharán, el trabajo de la tarde, donde acababa por vender lo elaborado durante la mañana, y por fin, a las siete de la tarde, la bajada de persiana.

Hasta esa hora todo era llevadero, conocido, cada paso que daba tenía un sentido, pero a partir de entonces se abría ante él un abismo de tiempo libre, que le hacía pensar, recordar, imaginar, y que, casi cada tarde, llevaba sus pasos hasta el parque, donde se sentaba en un banco a contemplar la fachada del edificio donde vivía Sofía, que a esa hora debía de estar preparando la cena.

Los moradores nocturnos del parque, que se protegían de los personajes como Manuel poniendo caras de pocos amigos y adoptando posturas amenazantes, se habían acostumbrado a él y le toleraban sin montar bronca y casi sin prestarle atención, pues la asiduidad había normalizado su presencia allí, donde se permitía por unos instantes dejar caer los brazos y quejarse ante sí mismo por su cobardía. En todos aquellos años no había sido capaz de confesar nunca su amor. Así era él: un hombre manso hecho de rutinas y conformismos.

Cada tarde era igual, hacía un repaso mental de su vida, que estaba marcada por aquel amor, que más que amor era obsesión: se acordaba de su juventud, no tan lejana en el tiempo como en el ánimo, que había gastado expiando las salidas de Sofía, sus aventuras y amoríos, sufriendo con cada beso que le había dado a otro, llagando su corazón con cada caricia que la veía poner en otra piel, en otras manos, en otro que no era él.

El día que Sofía se casó, a pesar de ser domingo, Manuel se fue a su panadería, encendió los hornos y estuvo hasta el lunes haciendo bizcochos sin parar, pues sabía que solo el trabajo podía aplacarle los celos y librarle del suicidio.

Luego, los recién casados se fueron a vivir a otro barrio, y Manuel sufrió cada día, con cada respiración, la ausencia de Sofía, pues más doloroso que verla con otro era no verla.

Transitó por una época oscura, en la que cuando no estaba trabajando estaba en el bar, bebiendo y suspirando, comportándose como creía que se debían comportar los hombres despechados. Hasta que el paso del tiempo, que todo lo cura, acabó por acostumbrarlo a la ausencia de Sofía y devolverle a su calidad de bebedor esporádico, lo que agradecieron su hígado y su estabilidad emocional.

Pero entonces, cuando ya creía superado su desamor, Sofía regresó al barrio con los dos gemelos, una pensión alimenticia de su exmarido y un tratamiento de ansiolíticos que le apagaban la mirada, le crecían las ojeras y retardaban sus movimientos. Entonces volvió a renacer en él un amor que creía haber superado y que se presentaba como eterno orbitante de su vida.

Terminado el repaso mental se quedaba en el banco, suspirando y fantaseando con una declaración amorosa, hasta que la noche se comía las sombras y la única luz encendida en el bloque era la de la joven opositora que bajaba a veces a su panadería a comprar las provisiones suficientes para encerrarse en su opozulo durante días.

Luego, de vuelta a casa, se sacudía las dudas con la confortable rutina, preparaba una cena escueta, para la que abría una botella de vino, siempre de la misma marca, que acababa de beber en el sillón, viendo la tele, esperando el momento del sueño para irse a la cama sin espacio para el pensamiento, con la mente puesta ya en el trabajo del día siguiente.

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2 comentarios en “Manuel”

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