Literatura, Sin categoría

Gaviotas de Alas Blancas

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Gaviotas de Alas Blancas:

Nada más despertar mis dedos se mueven ya con avidez por la pequeña pantalla de siete pulgadas que ha tomado posesión de mi mente y envía nerviosos parpadeos a mis ojos y a mi cerebro.

Puedo pasar minutos y horas mirando fotos posadas de otros, leyendo chistes tontos o declaraciones de amor ajenas a mi. Mientras tanto, como cada mañana, el mundo de afuera se achica, se difumina, se aleja, pierde certeza y solidez. Sin embargo hoy, apenas unos minutos después de empezar a indagar en las redes sociales, algo tan poco virtual como el acoso de una mosca común, ha venido a perturbar mi alineación matutina, y tanto ha insistido en su fijación de molestar y llamar mi atención con continuos saltos sobre mis brazos desnudos, mi frente y mis orejas, que ha acabado por crispar mi paciencia y mi indolencia, ganándose la atención que antes tenía fija en la virtualidad de mi teléfono móvil, que se ha visto abandonado sobre las sábanas de una cama donde hace tiempo que solo dormimos él y yo.

La mosca, no sé si por el susto de verme en pie, o respondiendo a otros impulsos primarios o a unas repentinas ansias de libertad, ha volado hasta la ventana de mi cuarto, donde ha empezado a darse cabezazos, tratando, en su inconsciencia, de romper el cristal con su diminuta fisonomía, o tal vez con la fé puesta en que, en una de sus acometidas, aquella barrera invisible que su pequeña mente no puede comprender, desaparecería.

Deseando perderla de vista he corrido a abrir la ventana para ella que, desconfiada o asustada de nuevo, ha volado en círculos hasta la otra punta de la habitación, adonde he tenido que ir a buscarla para indicarle el camino a la libertad con aspavientos difíciles de describir.

Después de varios intentos, finalmente ha desaparecido tras la ventana, hacia donde he acudido para verla perderse por el patio, llevándose su siseo y su cuerpecito negro de ojos marrones y alas grises.

Y entonces, acodado en el quicio, el mundo de fuera, el de verdad, ha entrado por mis ojos, dejándome comprobar que la primavera ya ha hecho su milagro y ha vestido de colores y olores los campos que se extienden frente a mi ventana. Los árboles cubiertos de hojas ofrecen cobijo y sombra a los pájaros que, felices por la ausencia de frío, canturrean en exóticos idiomas. Mi patio, que con su espíritu anárquico se ha negado siempre a ser modelado, evidencia su ímpetu vital en la multitud de plantas diversas, salvajes e incatalogables, que se aglutinan bajo mi mirada, creciendo aquí y allá, sin ton ni son, abriendo cicatrices en el maltrecho y centenario suelo y conquistando al asalto bordillos y escalones.

Las avispas, a las que el sol ha despertado de su letargo invernal, buscan entre la uralita de los cobertizos un hueco donde construir su enjambre, y una mirla, negra como los ángeles de Machín, silva al viento, tal vez llamando a sus congéneres, o tal vez como un simple y orgulloso testimonio de sí misma.

Suspiro y me lleno los pulmones del polen y el aroma de la primavera, lo que me hace estornudar una vez, y dos, y otra más, a lo que sigue un cosquilleo que me recorre de arriba abajo. Sonrío y, con la nariz roja, me entretengo contemplando la vida de fuera, la de verdad, la que continúa adelante ajena a la virtualidad de los teléfonos móviles, ajena a mi, al yo, a todos los yos. Una vida que también palpita en el pueblo que se extiende a las espaldas de esta casa, entre cuyas calles y plazas corrió mi niñez, jugando en sus huertos, trepando a sus árboles, bebiendo en sus fuentes.

Olvidado ya por completo del teléfono móvil y de sus metálicas y engañosas llamadas de atención, mi mente vuela, primaveral, por el pasado y las callejas del pueblo, que guardan mis secretos más íntimos, el sabor de mis primeros besos, febriles, adolescentes, de los que nada sabe nadie más que ella, yo, y el abrigo de las cortinas verdes que guardaban la entrada de su casa.

Fue en ese pueblo que late tras de mi, en eternas y juveniles noches veraniegas, donde se forjaron, bajo la luna llena, mis más pretenciosos sueños de juventud, que parecieran tan claros antes, tan reales, tan factibles, y que ahora son frustrantes recuerdos a los que se teme despertar. Sueños que son gaviotas de alas blancas enlodadas en el barro del tiempo y la desidia.

Así, todo lo bueno y lo malo que ha acontecido en mi vida, tuvo lugar fuera de este cuarto, lejos de las redes sociales y de los lobotomizadores teléfonos móviles. Es por esta certeza que abandono mi lugar tras la ventana, y busco entre el montón de ropa que crece en número cada día sobre la silla de mi cuarto, eligiendo la menos arrugada, y me dispongo a salir al mundo y a la vida de verdad, dejando el móvil descansando sobre la cama, sabiendo que va a ser duro enfrentarme a la vida sin su compañía, pero convencido de que es indispensable alejarme de él para que pasen cosas en mi vida, para que los olores y colores que invaden el mundo en primavera puedan invadirme a mi y despertar la inspiración y los instintos, para poder pasear por las plazas de mi pueblo sintiendo cada calle como mía, reconfortando mi alma con cada mirada y alegrando el corazón con cada rostro conocido, sabiendo que solo sin él pueden volver a tomar vuelo las gaviotas de alas blancas que poblaron mi juventud.

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8 comentarios en “Gaviotas de Alas Blancas”

  1. Sinceramente, me parece bastante prejuicioso y frívolo tu concepto del uso del móvil. No sabes si a través de él se puede estar ayudando a alguien en apuros. No interpretes tan a la ligera 😉

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