Literatura, Sin categoría

El Río

Junto al río la vida pasa lenta, suave, dejándose llevar por una corriente que remolonea en cada curva, con cada piedra y cada salto de agua.

Llega a la ciudad arrastrando ramitas de olivo, hojas de acacia y plumas de aves que viven más arriba, en la frondosa montaña donde nace este río que atraviesa la ciudad, llenándola de vida y de excusas para salir a pasear, a sentarse en uno de los bancos que se tienden en sus dos orillas, que de noche recogen el sueño de vagabundos ebrios, sin dinero ni esperanzas, y de día son el refugio de paseantes solitarios y melancólicos, que buscan el descanso del río y la calma que da el sonido de su eterno transcurrir.

Los días festivos las parejas de jóvenes adolescentes se esconden de las miradas bajo los magnolios que, alimentados por el agua del río, crecen en su orilla izquierda; y tendidos sobre el césped, abrazados entre setos y rosales, con el corazón henchido de juventud y curiosidad, despiertan al amor, a las caricias y a los primeros besos, suspirando y jurando amores eternos; promesas y pasiones que el río se llevará corriente abajo, junto al eco de sus besos, a lugares recónditos, donde descansarán alientos, deseos y amores que nunca volverán, que se convertirán en dulces recuerdos con los que alimentar las largas tardes de invierno de un futuro senil.

En la otra orilla, enfrentados a los magnolios, crecen plataneros regios y naranjos aromáticos, dando sombra a la multitud de terrazas hosteleras que pueblan el paseo, donde las familias disfrutan de un ocio etílico, entre animadas conversaciones y carcajadas sonoras, sin complejos, que se llevan el estrés de la semana y apartan de la mente las preocupaciones y aspiraciones mundanas, mientras los más pequeños disfrutan de la libertad que da el río, jugando a perseguirse y embarrarse entre los jardines que recogen sus risas y gritos excitados, que resbalan por la hierba hasta el agua dulce que los lleva en andas, atravesando la ciudad y llevando esa alegría río abajo, hasta el mar, donde risas y suspiros, alegres gritos y promesas de amor eterno, se diluyen como la sal, alimentando corales y coloreando fondos.

La vida que trae este río a la ciudad, atrae también a vendedores ambulantes de todos los colores, que ofertan sus mercancías en los puestos que crecen un poco más allá de las terrazas, donde se mezclan artesanías africanas, lanas peruanas, pinturas de todos los estilos, payasos divirtiendo a los niños y cantantes con mas o menos talento, que buscan unas monedas con las que alimentar sus sueños y sus estómagos.

La vida se concentra aquí, junto a este río que penetra en la urbe, cayendo desde la montaña, trayendo reminiscencias de un mundo más primitivo, más salvaje; este río que surca la ciudad, sembrando de vida cada rincón, ayudando a crear espacios y a germinar pasiones de un día, o de una vida, para luego marcharse buscando la pendiente, llevando sobre sus aguas, siempre cambiantes, la parte más efímera de la esencia humana: los amores, anhelos y promesas que, como perros de nadie, corren al par de la corriente, persiguiendo una quimera, un imposible, para acabar disolviéndose en la mar salada, donde van a parar todos los ríos, que llevan sobre ellos todos los anhelos y los imposibles del mundo…

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