Literatura

Al Pobre y Viejo Olivo:

Ayer, al verme sorprendido por una lluvia repentina, busqué cobijo bajo sus ramas. El cansancio de la caminata me obligó a sentarme, y lo hice con la espalda apoyada en su viejo y horadado tronco, que crecía partido en dos, formando nudos imposibles, como si la madera hubiera estado encogiendo y engordando, esforzándose para pasar por tubos y aros de todas las formas y tamaños.

Sus ramas, descuidadas, crecían a su antojo, sin ninguna guía ni patrón, mezclándose las verdes con las secas de años pasados, cayendo todas en cascada hacia el suelo por un peso del que nadie las liberaba.

Junto a su peana, donde yo estaba sentado, pujando por su derecho a un espacio de tierra, nacían por doquier, como una larga melena púbica, vástagos despeinados y anárquicos, entrelazándose y apoyándose los unos en los otros en su afán por ganar el cielo. Entre ellos despuntaban también algunas esparragueras y unas matas de tomillo.

Desde mi descanso podía ver, a mi alrededor, los restos de la lluvia de aceitunas que, año tras año, había ido cayendo sobre aquella tierra sembrada de retamas.

Pobre y viejo olivo del que ya nadie se acuerda, pensé, que seguía existiendo sin una finalidad y creciendo sin concierto ni medida.

La lluvia había cesado. Podía continuar la caminata, pero mis piernas cansadas pedían un poco más de horizontalidad, y el sudor, junto a la lluvia, secándose en mi espalda y en mi frente, afiebraban mis sentidos. Decidí, sin decidirlo, quedarme un poco más allí. Sólo un poco más. Mis pestañas tardaban cada vez más en subir tras cada parpadeo. Ni mi mente ni mi cuerpo tenían ganas de seguir caminando, y me quedé traspuesto, mirando la copa partida en dos del viejo y pobre olivo, que dejaba entrar de a poquito el sol entre sus ramas, de donde se desprendían, sin armonía, esporádicas gotas de la lluvia pasada, formando pequeños arcoiris al caer entre las hojas y los rayos de sol.

Y así me quedé dormido, y entre el sueño soñé que despertaba, y me encontré con un escenario sorprendente: el pobre y viejo olivo lucía joven y orgulloso del verde brillante de sus hojas, que compartían importancia con un generoso cargamento de aceituna que colgaba de sus ramas, visiblemente cuidadas y escamujadas con mimo y sabiduría. Una tierra arada y removida lo rodeaba, y pude ver, un poco más allá, en la colina donde antes de dormirme había un montón de escombros, un cortijo blanco y verde, desafiando a la luz y al campo, de donde salían los gritos excitados de niños jugando bajo el pórtico de la entrada, junto al que una higuera hacía guardia y daba sombra a las mujeres que cosían y charlaban mientras los hombres, con las manos horadadas por el trabajo duro del campo que, tal vez por duro, resultaba reconfortante, cargaban fardos y portaban largos palos para varear los olivos.

De repente, como una imagen inconexa y a destiempo para con los trabajadores, el viejo y pobre olivo y yo mismo, vi pasar a una pareja de jóvenes que, ajenos a mi presencia, se tumbaron tras de mí, en la otra cara del olivo, jugando con la primavera, aprendiendo a amar y a dejarse amar.

Luego varias imágenes removieron mi sueño, luchando por sobresalir: vi pasar tractores conducidos por hombres robustos, de tupidos bigotes y cigarros a medias pegados a sus labios; desfilaron frente a mi familias numerosas, jugando, contando chistes, discutiendo y envejeciendo por momentos, cómo solo en los sueños puede hacerse; luego pasaron abuelos con bastones, desdentados, con los ojos hundidos y la espalda encorvada; después una máquina demoledora, con un ruido ensordecedor que quería ser llanto, apareció en escena, derrumbando paredes, haciendo montones de escombros, rompiendo fardos y partiendo varas.

Me desperté sudando de nuevo y con la conciencia alterada. Me levanté y puse mis manos en las dos mitades del tronco del pobre y viejo olivo que me había cobijado aquella tarde de lluvia y volví a casa pensando que no sabía si sería cierta aquella máxima de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, pero lo cierto era que tener un pasado era tener algo que contar, y aquel viejo y pobre olivo, que seguía adelante como testigo mudo del tiempo que le había tocado vivir, me había hablado en sueños de su pasado, y había plantado una semilla que estaba deseando germinar sobre una hoja en blanco, valiéndose de la tinta de mis bolígrafos.

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