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Mar Mínimo:

Cada tarde la veo pasar desde mi ventana. Sigo con mi mirada cada paso que da, sufriendo con ella si da un traspiés bajando las escaleras que dan acceso al puerto. Allí la veo encender un cigarrillo y exhalar el humo como quien desea que el alma le salga por la boca para poder volar por el aire.

Desde mi escondite tras la cortina la veo deambular con un caminar etéreo y, ajena a todo y a todos, se sienta sobre el bordillo que separa este mundo de fábricas y soledades del mar, que aquí es más pequeño que en ninguna parte, mínimo, pues los buques de carga lo achican y niegan a la vista su inmensidad. Pero ella mira hacia lo lejos, como si pudiera ver más allá del humo de los petroleros, como si no le importaran el humo ni las sirenas ni el ajetreo de los hombres de caras sucias y manos encallecidas, como si no tuviera nada que ver con ella el final gris ante el que todos hemos claudicado en este lugar ajeno a la infancia y a los sueños.

Embobado, miro cada tarde como su pelo negro, suelto, baila con un viento que trae sal y cenizas, e imagino su mirada, de espaldas a mi, y me pregunto cómo será mirar el mar con sus ojos, atravesando los barcos, llenándose de mar, soñando con otros puertos, con otros vientos, con otras miradas.

Y entonces fantaseo con bajar al puerto. Quiero quitarme el uniforme obrero que me encadena y bajar a sentarme a su lado para, sin decir nada, coger su mano. Y en mi fantasía ella me abraza el cuello, y sentados con las piernas colgando y los pies rozando el mar nada importan las chimeneas de las fábricas ni las manchas negras en el agua.

Y cada tarde, cuando estoy casi decidido a bajar, ella da la última calada a su cigarrillo y regresa calle arriba, mas rápido de lo que bajó, y cuando pasa bajo mi ventana alza la mirada, y yo doy un paso atrás, y me escondo, de ella, de la vida, de otro final que no sea este, que es predecible, aceptado, casi compañero.

Entonces, como cada tarde, sigo con mis rutinas y, ayudándome con el vodka, acallo toda rebeldía y me preparo para otra noche vacía en este puerto gris del que nadie puede escapar…

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