Literatura, Sin categoría

Cuando Todas las Estrellas se Llamaban Teresa.

El sol del mediodía ilumina esta colina, enluciendo su belleza y despertando sus recuerdos, que son los míos.El motor del coche que me ha traído debe de estar aún caliente, y mi nieta, fumando un cigarrillo, me vigila desde la distancia. Me ha hecho prometer que si me traía hasta aquí no me emocionaría demasiado. Ella, que es médico, dice que a mi corazón centenario no le convienen las emociones fuertes. Yo, que soy viejo y los años me han enseñado a tragarme las lágrimas, le he prometido un imposible.

Imposible no emocionarme ante esta vista, que es el marco donde habita mi niñez. Miro a mi alrededor, tratando de no perder el equilibrio, con mis desgastadas manos, de dedos largos y afilados, agarrotadas y aferradas a dos bastones que hace años sirven de ayuda a mis cansadas piernas para sujetar mi cuerpo, huesudo y tambaleante, sobre el que reina una cabeza aún lúcida, cuyos ojos hoy brillan con la alegría del reencuentro.

Sobre esta hierba que crece hoy aquí, y que parece la misma de ayer, no hay niños, ni mayores, ni ropas secándose al sol, pero, afinando mis oídos, que son sordos a las voces de hoy, me parece escuchar el eco de las risas y los juegos que poblaron esta ladera. Cerrando los ojos puedo incluso ver a mi madre, sonriente, parloteando con las otras madres, estirando ropa, contando chistes verdes, con un ojo siempre puesto sobre el corrillo de niños que, sobre esta hierba, aprendimos a andar, a hablar, a reír y a correr ladera abajo, hacia el río de caudal escaso y lento donde soltábamos nuestros barquitos hechos con palos, fantaseando con que llegarían hasta un mar que nosotros nunca habíamos visto, y que imaginábamos como un río grande, lleno de barcos grandes repletos de piratas y aventureros. El mundo era tan grande y variado como nuestra imaginación.

Giro un poco la cabeza hacia mi derecha, siempre de espaldas a la mirada de mi nieta, y me encuentro con las ruinas de lo que fue mi casa, cuando las casas eran hogares. Quedan apenas unos pilares, un trozo de pared, y unas cuantas tejas de un tejado vencido hacia dentro. A unos pocos metros hay un montón desordenado de ladrillos y escombros. Sólo queda, como recuerdo de aquella vida, que hasta ayer parecía tan lejana y que hoy está tan cercana, la higuera del patio interior, que sigue creciendo y dando sombra e higos a pesar de que nosotros ya no vivimos con ella, a pesar de que mi abuelo, que siempre fue un hombre mayor, de pasos cortos y sonrisa afable, no descansa sus arrugas bajo el cobijo de la higuera, que fue siempre la guardiana de sus siestas, de sus sueños y sus bostezos.

Recuerdo las tardes de verano bajo la higuera, los ronquidos de mi padre y de mi abuelo, el zumbido de las avispas rebuscando el almíbar de los higos, y el olor a fruta madura que salía, como un hilillo dulce, de la ventana de la cocina, donde mi madre preparaba mermeladas y canturreaba con una voz tan suave que acurrucaba los pensamientos y ayudaba al sueño.

A pesar de tanta ausencia la higuera sigue creciendo, tal vez esperando, tal vez recordando, tal vez descansando.

Me enjuago las lágrimas con el pañuelo, tratando de aparentar que me estoy sonando la nariz, y me acuerdo de los atardeceres estivales, tumbado sobre la hierba, vigilando la casa de Teresa, espiando las ventanas, esperando a que se abriera la puerta por donde ella aparecía siempre con un cesto de ropa limpia. Entonces yo suspiraba y entrecerraba los ojos, siempre fijos en ella, en sus movimientos mientras se afababa en estirar sábanas y toallas, blancas como la leche, de las que se desprendía un penetrante olor a jabón que obligaba a cerrar los ojos y henchir los pulmones. Luego, cuando más ensimismado estaba mirándola, ella, que coqueta y juguetona, siempre sabía de mi presencia, se volvía hacia mí, descubriéndome, sacando la lengua y haciendo un sonido gutural que me ponía en fuga, y corría ladera abajo con una energía que no comprendía, que no me dejaba parar. Corría hasta el río, y seguía corriendo al par de la corriente, saltando de una a otra orilla, hasta que, cansadas las piernas y con el pensamiento en paz, me tumbaba panza arriba junto a un remanso del río y, respirando muy fuerte, miraba al cielo, que ya había oscurecido, y miraba las estrellas, y todas se llamaban Teresa.

Y allí, con el firmamento como testigo, soñaba que algún día Teresa se tumbaría allí conmigo a mirar las estrellas mientras nuestras manos se entrelazaban, y quizás porque aquel sentimiento nació de la inocencia virginal de un medio hombre, que todavía era medio niño, aquello se hizo realidad, y poco tiempo después Teresa y yo bajábamos corriendo de la mano por la ladera, riendo y sudando, y henchidos de juventud y curiosidad nos tumbábamos en aquel mismo remanso del río, y decíamos tonterías, y reíamos, y nos mirábamos a los ojos, sonrientes, seguros de que habíamos destapado una caja repleta de sensaciones y sentimientos que no harían más que crecer, y mirábamos las estrellas, y yo le decía que todas se llamaban Teresa, y ella decía que era un tonto, y me besaba, y nos sonrojábamos, y yo era el muchacho más feliz del mundo.

Son recuerdos de cuando el tiempo era todo nuestro: cuando los días eran para los juegos y las noches para los sueños.Suspiro, sonrío y me siento en el suelo, sobre la hierba fresca y húmeda. Cierro los ojos un instante y, al abrirlos, me encuentro con los ojos de Teresa, que son los ojos de mi nieta, siempre preocupada por mi salud; empeñada en mantenerme vivo a pesar de los años, a pesar del cansancio, a pesar de lo vivido y de las ausencias. Ella se sienta a mi lado y me envuelve en un abrazo. Es hora de volver, de volver a la realidad de mi vejez y de mi espera. ¡Ay Teresa! ¿Qué hago yo aquí, sin tu boca de miel del principio, sin tu boca de membrillo del final? ¿Qué hago yo aquí, sin la pimienta de tu juventud, sin tu canela del final? ¿Qué hago yo aquí sin tí, sin una muerte, sin un final?

9 comentarios en “Cuando Todas las Estrellas se Llamaban Teresa.”

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